Toda persona capaz de influir de
forma incontestable sobre los habitantes del mundo rural suponía un elemento
deseable para los poderes políticos concentrados en Madrid. De ahí que estos se
apresurasen en acrecentar la influencia que su cacique podía ejercer
para la causa restauradora.
El
cacique arrendaba sus tierras a los agricultores; empleaba a los hijos de los
aldeanos en empresas de su propiedad o sobre las cuales ejercía su dominio; o
los eximía de la obligación de incorporarse a las filas del ejército español
que combatía en Marruecos. Todos estos favores que el cacique prestaba a los
lugareños de su distrito no se concedían de forma altruista, sino que eran
favores que el beneficiario debería devolver cada vez que el cacique se lo
solicitase, casi siempre en forma de votos. Un jornalero que trabajaba en las
tierras arrendadas por el cacique de turno aceptaba religiosamente los requerimientos
que éste le demandaba.