martes, 27 de agosto de 2013

Wenceslao Fernández Flórez y el caciquismo

Toda persona capaz de influir de forma incontestable sobre los habitantes del mundo rural suponía un elemento deseable para los poderes políticos concentrados en Madrid. De ahí que estos se apresurasen en acrecentar la influencia que su cacique podía ejercer para la causa restauradora.
El cacique arrendaba sus tierras a los agricultores; empleaba a los hijos de los aldeanos en empresas de su propiedad o sobre las cuales ejercía su dominio; o los eximía de la obligación de incorporarse a las filas del ejército español que combatía en Marruecos. Todos estos favores que el cacique prestaba a los lugareños de su distrito no se concedían de forma altruista, sino que eran favores que el beneficiario debería devolver cada vez que el cacique se lo solicitase, casi siempre en forma de votos. Un jornalero que trabajaba en las tierras arrendadas por el cacique de turno aceptaba religiosamente los requerimientos que éste le demandaba.


Podríamos decir que el dominio que ejercía el cacique era muy similar al de los grandes padrinos de la mafia siciliana, quienes, desde la atalaya de su poder, dominaban los designios de su distrito ante la complacencia y el lucro de las autoridades corruptas.

Quizás, Galicia, como región feudal y atrasada, sufrió  extremadamente, más que cualquier otra zona de España, los abusos del caciquismo. El cacique local disponía de todos los dispositivos necesarios para ejercer su influencia sobre las gentes de su distrito, de tal forma que su poder le permitía manejar los resultados electorales según su voluntad[1].

El caciquismo garantizaba el sistema de turnos entre el partido conservador y el partido liberal acordado por Canovas y Sagasta, de tal forma que la democracia emanada de la Constitutición de 1876 y el sufragio universal masculino de 1890 resultaban una ficción, que encubría la realidad corrupta del sistema político de la Restauración. 

La admiración que Wenceslao Fernández Flórez profesaba al personaje del bandolero no es consecuencia exclusiva del halo romántico con que la tradición oral envolvía a estos personajes. Para el escritor gallego la figura del bandido, con su idealización literaria y oral, encabezaba la lucha contra una de las mayores lacras que martirizaban al pueblo gallego: el caciquismo. El proceso de idealización que sufrían estos personajes entraña una batalla propagandística impulsada por la plebe para contraatacar los abusos de la fuerzas opresoras, entre las cuales se encontraba el cacique. Gracias a esa idealización, el bandolero, que en muchos casos no dejaba de ser un delincuente común con delitos de sangre, se erigía en el símbolo de la lucha contra el caciquismo. El bandolero no consistía en un simple personaje de ficción que Fernández Flórez utilizó para recrear la fábula de El bosque animado, con meras pretensiones narrativas, sino que este interés contenía motivaciones sociológicas y críticas.

Desde muy joven, este autor emprendió una dura y larga batalla contra el caciquismo con el arma que mejor esgrimía: la pluma. Cuando sólo contaba veintiún años, el escritor dirigió un semanario titulado La Defensa[1] que nació con el objetivo de:

Velar por los intereses de la clase agrícola, defender sus derechos y contribuir en la medida de nuestras fuerzas a la extirpación del caciquismo, de esa plaga nacional cien mil veces peor que el feudalismo, opresor en la Edad Media de los siervos del terruño.

El nombre del semanario suponía una declaración de intenciones refrendada por el objetivo de su publicación. El hecho de haber elegido como título La Defensa estimaba la existencia de un enemigo citado de forma expresa en el texto que presenta los propósitos del semanario. El caciquismo se encontraba, a principios del siglo XX en Galicia, en pleno auge y era necesario defenderse. En el número 16 del mismo semanario se podía leer el siguiente párrafo[2]:

 Cuando (el labriego) acorralado por el caciquismo siente el llamar del hambre en su choza y va a unirse a sus compañeros de desventura, a ser uno más en el rebaño de expatriados e ir a buscar a otros países ambiente menos opresor, que no esterilice sus trabajos.

 Muchos de esos condenados a expatriarse serán los que, cegados por la sed de justicia y  por el afán de venganza, se equiparán con armas de fuego y se echarán al monte para emprender una batalla abierta contra los abusos del caciquismo.

 A pesar de la evolución ideológica que el escritor sufrió hasta el final de sus días, jamás abandonó esta actitud combativa frente al caciquismo.




[1] FERNÁNDEZ, Carlos, Wenceslao Fernández Flórez (Vida y obra) (La  Coruña, Editorial Diputación Provincial, 1987). Pág. 22
[2] FERNÁNDEZ, Carlos, Op. Cit., pág. 22


[1] DURÁN, José Antonio, Crónicas/1. Agitadores, poetas, caciques, bandoleros y reformadores en Galicia (Madrid, Akal Editor, 1974). Pág. 267.

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