Toda persona capaz de influir de
forma incontestable sobre los habitantes del mundo rural suponía un elemento
deseable para los poderes políticos concentrados en Madrid. De ahí que estos se
apresurasen en acrecentar la influencia que su cacique podía ejercer
para la causa restauradora.
El
cacique arrendaba sus tierras a los agricultores; empleaba a los hijos de los
aldeanos en empresas de su propiedad o sobre las cuales ejercía su dominio; o
los eximía de la obligación de incorporarse a las filas del ejército español
que combatía en Marruecos. Todos estos favores que el cacique prestaba a los
lugareños de su distrito no se concedían de forma altruista, sino que eran
favores que el beneficiario debería devolver cada vez que el cacique se lo
solicitase, casi siempre en forma de votos. Un jornalero que trabajaba en las
tierras arrendadas por el cacique de turno aceptaba religiosamente los requerimientos
que éste le demandaba.
Podríamos
decir que el dominio que ejercía el cacique era muy similar al de los grandes
padrinos de la mafia siciliana, quienes, desde la atalaya de su poder,
dominaban los designios de su distrito ante la complacencia y el lucro de las
autoridades corruptas.
Quizás, Galicia, como región feudal y atrasada,
sufrió extremadamente, más que cualquier
otra zona de España, los abusos del caciquismo. El cacique local disponía de
todos los dispositivos necesarios para ejercer su influencia sobre las gentes
de su distrito, de tal forma que su poder le permitía manejar los resultados
electorales según su voluntad[1].
El caciquismo garantizaba el sistema de turnos
entre el partido conservador y el partido liberal acordado por Canovas y
Sagasta, de tal forma que la democracia emanada de la Constitutición de 1876 y
el sufragio universal masculino de 1890 resultaban una ficción, que encubría la
realidad corrupta del sistema político de la Restauración.
La
admiración que Wenceslao Fernández Flórez profesaba al personaje del
bandolero no es consecuencia exclusiva del halo romántico con que la tradición
oral envolvía a estos personajes. Para el escritor gallego la figura del
bandido, con su idealización literaria y oral, encabezaba la lucha contra una
de las mayores lacras que martirizaban al pueblo gallego: el caciquismo. El
proceso de idealización que sufrían estos personajes entraña una batalla
propagandística impulsada por la plebe para contraatacar los abusos de la fuerzas
opresoras, entre las cuales se encontraba el cacique. Gracias a esa
idealización, el bandolero, que en muchos casos no dejaba de ser un delincuente
común con delitos de sangre, se erigía en el símbolo de la lucha contra el
caciquismo. El bandolero no consistía en un simple personaje de ficción que
Fernández Flórez utilizó para recrear la fábula de El bosque animado,
con meras pretensiones narrativas, sino que este interés contenía
motivaciones sociológicas y críticas.
Desde
muy joven, este autor emprendió una dura y larga batalla contra el caciquismo
con el arma que mejor esgrimía: la pluma. Cuando sólo contaba veintiún años, el
escritor dirigió un semanario titulado La Defensa[1] que
nació con el objetivo de:
Velar por los intereses de la clase agrícola,
defender sus derechos y contribuir en la medida de nuestras fuerzas a la
extirpación del caciquismo, de esa plaga nacional cien mil veces peor que el
feudalismo, opresor en la Edad Media de los siervos del terruño.
El
nombre del semanario suponía una declaración de intenciones refrendada por el
objetivo de su publicación. El hecho de haber elegido como título La Defensa
estimaba la existencia de un enemigo citado de forma expresa en el texto que
presenta los propósitos del semanario. El caciquismo se encontraba, a
principios del siglo XX en Galicia, en pleno auge y era necesario defenderse.
En el número 16 del mismo semanario se podía leer el siguiente párrafo[2]:
Cuando (el labriego) acorralado
por el caciquismo siente el llamar del hambre en su choza y va a unirse a sus
compañeros de desventura, a ser uno más en el rebaño de expatriados e ir a
buscar a otros países ambiente menos opresor, que no esterilice sus trabajos.
Muchos de esos condenados a expatriarse serán
los que, cegados por la sed de justicia y
por el afán de venganza, se equiparán con armas de fuego y se echarán al
monte para emprender una batalla abierta contra los abusos del caciquismo.
A pesar de
la evolución ideológica que el escritor sufrió hasta el final de sus días,
jamás abandonó esta actitud combativa frente al caciquismo.
[1] FERNÁNDEZ, Carlos, Wenceslao
Fernández Flórez (Vida y obra) (La
Coruña, Editorial Diputación Provincial, 1987). Pág. 22
[2] FERNÁNDEZ, Carlos, Op.
Cit., pág. 22
[1] DURÁN, José Antonio, Crónicas/1.
Agitadores, poetas, caciques, bandoleros y reformadores en Galicia (Madrid,
Akal Editor, 1974). Pág. 267.
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