miércoles, 4 de septiembre de 2013

Wenceslao Fernández Flórez y el caciquismo II

Como ya hemos visto, Wenceslao Fernández Flórez inició muy joven una dura y larga batalla contra el caciquismo. El semanario La Defensa intentó combatir desde su modesta difusión los abusos e injusticias que el pueblo gallego estaba sufriendo a manos del caciquismo. En 1915 se produce un acontecimiento fundamental en la carrera del escritor gallego. Azorín, crítico parlamentario para el ABC, abandona su sección titulada Impresiones parlamentarias, y recomienda al director del diario Torcuato Luca de Tena que contrate a Fernández Flórez para que lo sustituya. De este modo, nacerían las crónicas parlamentarias del escritor coruñés bajo el epígrafe, Acotaciones de un oyente.


             Esta labor la desempeñó Fernández Flórez hasta el estallido de la Guerra Civil Española, es decir, más de veinte años ejerció el escritor como crítico parlamentario (con el paréntesis de la dictadura de Miguel Primo de Rivera) escuchando y analizando los discursos de toda la clase política. Sus artículos suponen un documento de incalculable valor histórico que permiten conocer con precisión cuál era la situación política de España durante aquellos años.

         Gracias a esta perspectiva periodística, el autor conocía de qué material estaba hecha la clase política que gobernaba nuestro país en aquella época, y cuál era el entramado político que sostenía el sistema oligárquico y caciquil. Fernández Flórez no desaprovechaba ninguna ocasión de arremeter contra cualquier indicio de caciquismo que se asomaba por el parlamento. Se mostraba muy pesimista por la situación y por la incapacidad de los políticos, a quienes acusaba de falta de independencia respecto del sistema caciquil que los dominaba como marionetas[1].

         Y, por otra parte, un candidato republicano es igual a un candidato ministerial: ambos son de una inopia muy parecida y ambos han de ser juguetes de la voluntad caciquil y de ninguna manera paladines del pueblo.

            El autor no hacía distinción ideológica en los políticos, para él todos estaban sometidos a un sistema corrupto que los distanciaba de los verdaderos problemas del pueblo[2].

         Fuera de la Cámara hay huelgas, conflictos, hambre, crisis, tumultos contra el caciquismo, regiones que claman contra el poder central, carestía creciente de vida; y el país no tiene presupuestos hace cuatro años, ni ve atendidas sus necesidades de cultura, ni dispone de las vías suficientes de comunicación...

            Su procedencia gallega le impulsa a denunciar la situación de su tierra, una de las más damnificadas por el fenómeno caciquil[3].

         Galicia entera es del exclusivo dominio de los caciques – le dice a Cambó-. Ustedes, los que hace tiempo se han sacudido el cunerismo y el encasillado oficial, no pueden darse cuenta de estas sumisiones en masa, por aldeas, por pueblos, por regiones, al capricho de unos cuantos personajes, algunos de los cuales apenas pisaron alguna vez aquella tierra...

            Tampoco se amedrenta Fernández Flórez a la hora de criticar la condescendencia de la administración ante los sucesos de Porto do Son, en los que la fuerza caciquil tuvo que emplear métodos sicilianos para imponer su ley[4].

         El señor Castrovido ha hablado de los sucesos de Puerto del Son. Unos hombres que se han resistido a pagar un fuerte tributo. La guardia Civil, presta quizás a las órdenes de un monterilla, tuvo que disparar sus armas contra un grupo...
 Nosotros recordamos aún a Puerto del Son, humildemente recogido al pie de unas montañas, con unas casitas estrechas y las dunas durmiendo en la pequeña playa, hacia el cielo su vientre negro de alquitrán. En aquellas montañas rocosas, donde se abre el tajo de la carretera, el labrador no puede encontrar la abundancia. En aquel mar terrible donde los bajos blanquean, siempre, los hombres han de ganar su pan llevando a la Muerte sentada junto al timón de sus barcas.
Nosotros sabemos que los marineros y los aldeanos de Galicia han de dar mucho más que el diezmo rutinario a los caciques de sus lugares. En ninguna otra parte es tan feroz, tan subramificado, tan insaciable, tan odioso, el caciquismo. Don Antonio Maura, hablando de él, dijo un día que, para sacudirlo, estas resignadas gentes del Noroeste se verían impelidas a la revolución.
      El señor Castrovido se admiró de que ningún diputado gallego hubiese hablado. Como tantas regiones, Galicia, señor Castrovido, no tiene diputados. Hay diputados por don Fulano, por don Zutano... Nada más. Ni aún esos aldeanos son votos que hay que borrar de las listas de los electores. Muertos y todo, cuando una nueva ocasión llegue, ellos – obedeciendo y resignados hasta en la tumba, esclavos del cacique hasta bajo la tierra del cementerio-, humildemente acudirán a votar a quien mande el cacique.

            Incluso el escritor personifica la reprensión y extiende el dedo acusador al político liberal y presidente del Consejo de ministros en diversas etapas Manuel García Prieto[5].

           El señor García Prieto fue hasta hoy uno de los grandes caciques de Galicia. El señor García Prieto no es gallego ni nadie le conoce personalmente en aquellas tierras, cuyas necesidades y problemas tampoco conoce él. Pero gracias al patriótico régimen centralista, el señor García Prieto contaba allí con una insospechada cantidad de votos, que le permite traer al Congreso diputados de los que nunca oyó hablar ningún hombre de los que viven entre el Valle de Oro y el Miño. Tales eran los cariños de aquellas gentes al marqués, que se desbordaban sobre sus allegados, y es difícil encontrar un yerno, un primo, un sobrino, un pasante del señor García Prieto, que no posea la representación de un distrito gallego.

        Pero el señor García Prieto ha hecho ya su elección sentimental. El ilustre maragato prefiere Galicia entre todas las regiones de España. En Galicia no hace falta calentarse los cascos urdiendo candidaturas. Antes que la convocatoria de elecciones, llegan allí los nombres de los futuros representantes. Todos son parientes del señor García Prieto, las personas más caras a su corazón político y de excelente padre de familia. Ningún amor iguala al que este hombre siente hacia la tierra de su suegro.
        He aquí la lista de candidatos alhucemistas, para que cualquiera pueda comprobar la exactitud de estas palabras. El señor Sáenz de Vicuña, yerno del señor García Prieto, se presentará por Lalín. El señor Albert Despujols, yerno, por Ortigueira. El señor Vicenti, cuñado, por Pontevedra. El Conde de San Juan, sobrino, por Santiago. Don Eugenio Calderón, sobrino, por Ribadeo. Don Álvaro Gullón, sobrino, por La Coruña. Don Lorenzo del Busto, primo, por Lugo.

            Estas acusaciones demuestran que Wenceslao sentía como propio el problema del caciquismo y conocía todas las maniobras políticas concebidas para asegurar la prosperidad del sistema. No se conformaba con criticar la actuación del político subido al estrado del parlamento, sino que se molestaba en investigar las conexiones genealógicas de García Prieto con los candidatos que se presentaban a las elecciones por distintas zonas de Galicia, para luego denunciarlo sin reservas en las páginas del ABC.



[1] FERNÁNDEZ, Carlos, Op. Cit., pág. 163.
[2] FERNÁNDEZ FLÓREZ, Wenceslao, Acotaciones de un oyente. Volumen I (Madrid, Editorial Prensa Española, 1962). Pág.550-551.
[3] FERÁNDEZ, Carlos, Op. Cit., pág. 168.
[4] FERNÁNDEZ FLÓREZ, Wenceslao, Acotaciones de un oyente. Volumen I (Madrid, Editorial Prensa Española, 1962). Pág.81-82.
[5] FERNÁNDEZ, Carlos, Op. Cit., pág. 168-170.

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