Como ya hemos visto, Wenceslao
Fernández Flórez inició muy joven una dura y larga batalla contra el
caciquismo. El semanario La Defensa intentó combatir desde su modesta
difusión los abusos e injusticias que el pueblo gallego estaba sufriendo a
manos del caciquismo. En 1915 se produce un acontecimiento fundamental en la
carrera del escritor gallego. Azorín, crítico parlamentario para el ABC,
abandona su sección titulada Impresiones parlamentarias, y recomienda al
director del diario Torcuato Luca de Tena que contrate a Fernández Flórez para
que lo sustituya. De este modo, nacerían las crónicas parlamentarias del
escritor coruñés bajo el epígrafe, Acotaciones de un oyente.
Esta labor la desempeñó Fernández Flórez hasta
el estallido de la Guerra Civil Española, es decir, más de veinte años ejerció
el escritor como crítico parlamentario (con el paréntesis de la dictadura de
Miguel Primo de Rivera) escuchando y analizando los discursos de toda la clase
política. Sus artículos suponen un documento de incalculable valor histórico
que permiten conocer con precisión cuál era la situación política de España
durante aquellos años.
Gracias
a esta perspectiva periodística, el autor conocía de qué material estaba hecha
la clase política que gobernaba nuestro país en aquella época, y cuál era el
entramado político que sostenía el sistema oligárquico y caciquil. Fernández
Flórez no desaprovechaba ninguna ocasión de arremeter contra cualquier indicio
de caciquismo que se asomaba por el parlamento. Se mostraba muy pesimista por
la situación y por la incapacidad de los políticos, a quienes acusaba de falta
de independencia respecto del sistema caciquil que los dominaba como marionetas[1].
Y,
por otra parte, un candidato republicano es igual a un candidato ministerial:
ambos son de una inopia muy parecida y ambos han de ser juguetes de la voluntad
caciquil y de ninguna manera paladines del pueblo.
El
autor no hacía distinción ideológica en los políticos, para él todos estaban
sometidos a un sistema corrupto que los distanciaba de los verdaderos problemas
del pueblo[2].
Fuera
de la Cámara hay huelgas, conflictos, hambre, crisis, tumultos contra el
caciquismo, regiones que claman contra el poder central, carestía creciente de
vida; y el país no tiene presupuestos hace cuatro años, ni ve atendidas sus
necesidades de cultura, ni dispone de las vías suficientes de comunicación...
Su
procedencia gallega le impulsa a denunciar la situación de su tierra, una de
las más damnificadas por el fenómeno caciquil[3].
Galicia
entera es del exclusivo dominio de los caciques – le
dice a Cambó-. Ustedes, los que hace tiempo se han sacudido el cunerismo y
el encasillado oficial, no pueden darse cuenta de estas sumisiones en masa, por
aldeas, por pueblos, por regiones, al capricho de unos cuantos personajes,
algunos de los cuales apenas pisaron alguna vez aquella tierra...
Tampoco
se amedrenta Fernández Flórez a la hora de criticar la condescendencia de la administración
ante los sucesos de Porto do Son, en los que la fuerza caciquil tuvo que
emplear métodos sicilianos para imponer su ley[4].
El
señor Castrovido ha hablado de los sucesos de Puerto del Son. Unos hombres que
se han resistido a pagar un fuerte tributo. La guardia Civil, presta quizás a
las órdenes de un monterilla, tuvo que disparar sus armas contra un grupo...
Nosotros recordamos aún a Puerto del Son,
humildemente recogido al pie de unas montañas, con unas casitas estrechas y las
dunas durmiendo en la pequeña playa, hacia el cielo su vientre negro de
alquitrán. En aquellas montañas rocosas, donde se abre el tajo de la carretera,
el labrador no puede encontrar la abundancia. En aquel mar terrible donde los
bajos blanquean, siempre, los hombres han de ganar su pan llevando a la Muerte
sentada junto al timón de sus barcas.
Nosotros
sabemos que los marineros y los aldeanos de Galicia han de dar mucho más que el
diezmo rutinario a los caciques de sus lugares. En ninguna otra parte es tan
feroz, tan subramificado, tan insaciable, tan odioso, el caciquismo. Don
Antonio Maura, hablando de él, dijo un día que, para sacudirlo, estas
resignadas gentes del Noroeste se verían impelidas a la revolución.
El
señor Castrovido se admiró de que ningún diputado gallego hubiese hablado. Como
tantas regiones, Galicia, señor Castrovido, no tiene diputados. Hay diputados
por don Fulano, por don Zutano... Nada más. Ni aún esos aldeanos son votos que
hay que borrar de las listas de los electores. Muertos y todo, cuando una nueva
ocasión llegue, ellos – obedeciendo y resignados hasta en la tumba, esclavos
del cacique hasta bajo la tierra del cementerio-,
humildemente acudirán a votar a quien mande el cacique.
Incluso
el escritor personifica la reprensión y extiende el dedo acusador al político
liberal y presidente del Consejo de ministros en diversas etapas Manuel García
Prieto[5].
El
señor García Prieto fue hasta hoy uno de los grandes caciques de Galicia. El
señor García Prieto no es gallego ni nadie le conoce personalmente en aquellas
tierras, cuyas necesidades y problemas tampoco conoce él. Pero gracias al
patriótico régimen centralista, el señor García Prieto contaba allí con una
insospechada cantidad de votos, que le permite traer al Congreso diputados de
los que nunca oyó hablar ningún hombre de los que viven entre el Valle de Oro y
el Miño. Tales eran los cariños de aquellas gentes al marqués, que se
desbordaban sobre sus allegados, y es difícil encontrar un yerno, un primo, un
sobrino, un pasante del señor García Prieto, que no posea la representación de
un distrito gallego.
Pero el señor García Prieto ha hecho ya
su elección sentimental. El ilustre maragato prefiere Galicia entre todas las
regiones de España. En Galicia no hace falta calentarse los cascos urdiendo
candidaturas. Antes que la convocatoria de elecciones, llegan allí los nombres
de los futuros representantes. Todos son parientes del señor García Prieto, las
personas más caras a su corazón político y de excelente padre de familia.
Ningún amor iguala al que este hombre siente hacia la tierra de su suegro.
He aquí la lista de candidatos
alhucemistas, para que cualquiera pueda comprobar la exactitud de estas
palabras. El señor Sáenz de Vicuña, yerno del señor García Prieto, se
presentará por Lalín. El señor Albert Despujols, yerno, por Ortigueira. El
señor Vicenti, cuñado, por Pontevedra. El Conde de San Juan, sobrino, por
Santiago. Don Eugenio Calderón, sobrino, por Ribadeo. Don Álvaro Gullón,
sobrino, por La Coruña. Don Lorenzo del Busto, primo, por Lugo.
Estas
acusaciones demuestran que Wenceslao sentía como propio el problema del
caciquismo y conocía todas las maniobras políticas concebidas para asegurar la
prosperidad del sistema. No se conformaba con criticar la actuación del
político subido al estrado del parlamento, sino que se molestaba en investigar
las conexiones genealógicas de García Prieto con los candidatos que se
presentaban a las elecciones por distintas zonas de Galicia, para luego
denunciarlo sin reservas en las páginas del ABC.
[1] FERNÁNDEZ, Carlos, Op.
Cit., pág. 163.
[2] FERNÁNDEZ FLÓREZ,
Wenceslao, Acotaciones de un oyente. Volumen I (Madrid, Editorial Prensa
Española, 1962). Pág.550-551.
[3] FERÁNDEZ, Carlos, Op.
Cit., pág. 168.
[4] FERNÁNDEZ FLÓREZ,
Wenceslao, Acotaciones de un oyente. Volumen I (Madrid, Editorial Prensa
Española, 1962). Pág.81-82.
[5] FERNÁNDEZ, Carlos, Op.
Cit., pág. 168-170.
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