martes, 8 de enero de 2013

El placer de leer. El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Jonas Jonasson


No hace falta cumplir cien años, ni siquiera estar en ciernes de hacerlo, para, de vez en cuando, echar la vista atrás y contemplar la estela que uno va dejando tras sí en su trayecto vital. Es más, resulta recomendable hacerlo cuando la existencia —al menos en términos teóricos, puesto que la práctica ha demostrado, demuestra y demostrará por los siglos de los siglos que la muerte acecha en cualquier esquina— todavía no ha sobrepasado el ecuador, para que, de esta forma el sujeto esté a tiempo de dar lustre a la susodicha estela cuando esta apenas irradie una tenue luz. Nada hay más desolador que contemplar el legado vital y comprobar un vacío absoluto.

Este planteamiento, abusivamente abordado en la literatura y en el cine, plantearía de entrada un relato —reitero, tanto cinematográfico como literario— existencialista, marcado por una visión nostálgica. No obstante, el escritor sueco Jonas Jonasson proyecta —y aquí radica el éxito comercial de la novela— una mirada que podríamos denominar subversiva, habida cuenta de su tono humorístico, que guía al lector, inmerso en la risa e incluso a veces en la carcajada, a lo largo de todo el siglo XX —desde la Revolución Rusa hasta la actualidad— haciendo escala en los puntos más incandescentes y violentos de la pasada centuria. El autor concede al personaje principal de la novela, Allan Karlsson, un regalo de incalculable valor: vivir en primera persona algunos de los acontecimientos más relevantes del siglo anterior, en contacto directos con varios de sus protagonistas más influyentes, introduciéndolo en un espiral  delirante que proporciona una perspectiva distanciadora de los hechos, a imitación del espejo cóncavo valleinclanesco.
La apuesta de El abuelo que saltó por la ventana y se largó supone, en primera instancia, un premio seguro de diversión y esparcimiento, pero, además, aunque su lectura inmediata no provoque grandes reflexiones filosóficas, una vez se haya cerrado el volumen, es casi imposible olvidarse del personaje de Karlsson y los episodios que vivió junto con Franco, Stalin, Mao Tse Tung, Truman o De Gaulle.
Esa mirada deformante al que hacíamos alusión anteriormente supone una fórmula eficaz de poner de relieve comportamientos absurdos de los seres humanos que, bajo la autoría de grandes líderes mundiales, puede llevar a la aniquilación de la humanidad. Karlsson es un hombre que ha vivido cien años, algo que podría ser un ejemplo poco frecuente de supervivencia, a pesar de haber pasado por momentos muy complejos que habían puesto en peligro su vida. Dicha supervivencia sólo ha sido posible, en primer lugar, a una coincidencia azarosa de factores favorables, y en segundo lugar, a un posicionamiento neutral —incluso individualista— respecto a las grandes problemáticas que dividieron el mundo del siglo XX en una esfera bipolar tensada por las grandes ideologías de la época: comunismo y capitalismo. Declarado apolítico, Karlsson logra hacer amistad con dirigentes tan antagónicos como, por ejemplo, Franco o Mao Tse Tung, sobre todo a partir de un lema: ¿En qué puedo ayudarlo? Su intención es siempre tender la mano a toda aquella persona que le solicita ayuda, al margen de las consecuencias que esto pueda acarrear, lo cual nos lleva a una segunda reflexión que, en cierto modo, entra en colisión con la anterior, y es que el hecho de no posicionarse en ningún bando, quizá repercuta positivamente en la estabilidad individual, pero a su vez puede resultar perjudicial para una parte de la sociedad, como afirma la circunstancia de que el protagonista haya ayudado descubrir  la bomba atómica, y no sólo eso, sino que además haya ofrecido los conocimientos para su gestación a Stalin.

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