No hace falta cumplir cien años,
ni siquiera estar en ciernes de hacerlo, para, de vez en cuando, echar la vista
atrás y contemplar la estela que uno va dejando tras sí en su trayecto vital. Es
más, resulta recomendable hacerlo cuando la existencia —al menos en términos
teóricos, puesto que la práctica ha demostrado, demuestra y demostrará por los
siglos de los siglos que la muerte acecha en cualquier esquina— todavía no ha
sobrepasado el ecuador, para que, de esta forma el sujeto esté a tiempo de dar
lustre a la susodicha estela cuando esta apenas irradie una tenue luz. Nada hay
más desolador que contemplar el legado vital y comprobar un vacío absoluto.
Este planteamiento, abusivamente
abordado en la literatura y en el cine, plantearía de entrada un relato
—reitero, tanto cinematográfico como literario— existencialista, marcado por
una visión nostálgica. No obstante, el escritor sueco Jonas Jonasson proyecta
—y aquí radica el éxito comercial de la novela— una mirada que podríamos
denominar subversiva, habida cuenta de su tono humorístico, que guía al lector,
inmerso en la risa e incluso a veces en la carcajada, a lo largo de todo el
siglo XX —desde la Revolución Rusa hasta la actualidad— haciendo escala en los
puntos más incandescentes y violentos de la pasada centuria. El autor concede
al personaje principal de la novela, Allan Karlsson, un regalo de incalculable
valor: vivir en primera persona algunos de los acontecimientos más relevantes
del siglo anterior, en contacto directos con varios de sus protagonistas más
influyentes, introduciéndolo en un espiral delirante que proporciona una perspectiva
distanciadora de los hechos, a imitación del espejo cóncavo valleinclanesco.
La apuesta de El abuelo que saltó por la ventana y se
largó supone, en primera instancia, un premio seguro de diversión y esparcimiento,
pero, además, aunque su lectura inmediata no provoque grandes reflexiones
filosóficas, una vez se haya cerrado el volumen, es casi imposible olvidarse
del personaje de Karlsson y los episodios que vivió junto con Franco, Stalin,
Mao Tse Tung, Truman o De Gaulle.
Esa mirada deformante al que
hacíamos alusión anteriormente supone una fórmula eficaz de poner de relieve
comportamientos absurdos de los seres humanos que, bajo la autoría de grandes
líderes mundiales, puede llevar a la aniquilación de la humanidad. Karlsson es
un hombre que ha vivido cien años, algo que podría ser un ejemplo poco
frecuente de supervivencia, a pesar de haber pasado por momentos muy complejos
que habían puesto en peligro su vida. Dicha supervivencia sólo ha sido posible,
en primer lugar, a una coincidencia azarosa de factores favorables, y en
segundo lugar, a un posicionamiento neutral —incluso individualista— respecto a
las grandes problemáticas que dividieron el mundo del siglo XX en una esfera
bipolar tensada por las grandes ideologías de la época: comunismo y
capitalismo. Declarado apolítico, Karlsson logra hacer amistad con dirigentes
tan antagónicos como, por ejemplo, Franco o Mao Tse Tung, sobre todo a partir
de un lema: ¿En qué puedo ayudarlo? Su intención es siempre tender la mano a
toda aquella persona que le solicita ayuda, al margen de las consecuencias que
esto pueda acarrear, lo cual nos lleva a una segunda reflexión que, en cierto
modo, entra en colisión con la anterior, y es que el hecho de no posicionarse
en ningún bando, quizá repercuta positivamente en la estabilidad individual,
pero a su vez puede resultar perjudicial para una parte de la sociedad, como
afirma la circunstancia de que el protagonista haya ayudado descubrir la bomba atómica, y no sólo eso, sino que
además haya ofrecido los conocimientos para su gestación a Stalin.
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