Si William H. Hays, impulsor del
nefando Código Hays y presidente de la Asociación Cinematográfica de América, regresase
al mundo de los mortales para escuchar el discurso que Tom Hanks pronunció en
1994 tras recibir el Oscar al mejor actor por su interpretación de un abogado
homosexual en Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), probablemente pensaría que
Estados Unidos acabó siendo conquistado por los antiguos pobladores de Sodoma y
Gomorra. Sobre el escenario del Teatro Kodak de los Angeles Tom Hanks dedicó el
premio a su mejor amigo del colegio y a su profesor de Teatro, según él, dos de
los mejores gays de Estados Unidos. La anécdota refleja la doble cara que,
durante su historia, mostró siempre Hollywood sobre los temas conflictivos de
la moral humana; dispuesto a concederle a Ellen DeGeneres la conducción de la
ceremonia de los Oscars, mientras margina a su anterior pareja sentimental
(Anne Heche) tras hacer pública su tendencia sexual.
La homosexualidad,
definida por el Código Hays como una perversión, transitó por la gran pantalla
escondida, como no podía ser de otra forma, bajo el paño de una segunda o
tercera lectura, visible únicamente para los espectadores más perspicaces. El
sexo fue siempre el principal destinatario de las embestidas de la censura
cinematográfica, luego su representación se vio relegada fuera de la escena (obscenus), y, por lo tanto, la
homosexualidad, fase superior de la obscenidade, se vio obligada a
representarse en un espacio aún más recóndito, es decir, en un inconsciente
reprimido. Alfred Hitchcock, el mago del inconsciente que hacía películas de
suspense, supo retratar el difuso entorno de este tema con la vaguedad precisa
para eludir la censura al tiempo que imitaba el silencio que imponía una
sociedad sexualmente represora. Bajo las rugosidades de Rebecca (1940) apreciamos la enfermiza atracción que la ama de
llaves (Judith Anderson) siente por la difunta señora De Winter, mientras que
en La soga (Rope, 1948), el amor
clandestino lo siente un universitario hacia el compañero que le impulsa a cometer
el crimen.
Sin embargo, años antes,
Charles Chaplin en el cortometraje mudo Behind
the screen (1914), besa a una mujer vestida de hombre tras descubrir su
verdadera identidad, pero otro personaje, que desconoce la verdad, cree que
Chaplin siente predilección por los hombres y se acerca a él con gestos
afeminados en busca de su atención. Así fueron retratados los homosexuales
tradicionalmente en la historia del cine, como ser afeminados y asexuales que
dispensaban una nota de humor a la trama, personajes conocidos con el
anglicanismo sissy. Pero cuando el
tratamiento se hace con gravedad, es necesario otorgar a los fotogramas un halo
de ambigüedad procedente, muchas veces, de la vida real de los protagonistas:
Grieta Garbo y Marlene Dietrich, cuyo lesbianismo fue siempre vox populi e incluso hubo quien afirmó
que mantuvieron entre ellas una relación secreta, proporcionaron a películas
como Queen Christina (Roben
Mamoulina, 1933) y Morocco (Josef von
Sternberg, 1930), una connotación homosexual más que evidente, como sucede también
en varias escenas protagonizadas por Montgomery Clift y John Ireland en Red River (Howard Hawks, 1948), o en Spartacus (Stanley Kubrick, 1960), en la
secuencia de la sauna entre Toni Curtis y Laurence Olivier mientras hablaban de
ostras y caracoles. Así y todo, probablemente, el largometraje más
sorprendente, tanto por la puesta en forma cinematográfica como por la valentía
de su posicionamiento, sea La calumnia
(The children?s hour, 1961) de William Wyler, protagonizada por Shirley
Maclaine y Audrey Hepburn; un film que condensa todas las desventuras a las que
tuvieron que hacer frente muchos ser humanos por su tendencia sexual, y que
añade, como efecto crítico, la comparación con el macarthismo.

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