lunes, 14 de diciembre de 2015

THRILLER EN EL CINE ESPAÑOL

Como muchas otras palabras en los últimos tiempos, thriller es un anglicismo que hace alusión a un género cinematográfico basado, a grandes trazos, en una trama de ritmo vertiginoso capaz de someter al espectador a un estado de tensión y estrés que se derivan de un acusado proceso de identificación con el héroe. La traducción literal del inglés es suspense, aunque esta noción no puede ser establecida como género, puesto que suspense es un recurso narrativo, ciertamente muy utilizado en este tipo de películas, que consiste en el planteamiento de una expectativa y la dilación del desenlace. La evolución de la mirada del público cinematográfico queda perfectamente retratada en la confrontación de la secuencia primitiva de Asalto y robo de un tren (1903) de Edwing S. Porter, y cualquier escena de persecución por las calles de Nueva York de una película actual. El espectador de hoy en día precisa de un montaje cada vez más frenético para sumergirse en la acción, para abandonar la tutela racional y dejarse arrastrar emocionalmente por la cadena de imágenes.


            El citado ejemplo del western de Edwing S. Portesr, Asalto y robo de un tren, puede explicar, en cierto modo, la proliferación de este género en el cine gestado al otro lado del Atlántico, cuyo lenguaje evolucionó gracias a los temas del Far-West, las acciones paralelas y los escenarios naturales, mientras que en Europa la cámara se encierra en los decorados de estudio para adaptar obras de teatro o argumentos de clásicos literarios (Film D’art). El diálogo y la reflexión eran europeas, la acción, netamente norteamericana.


            Por esta razón, en una cinematografía como la española, históricamente el thriller no se encuentra entre los géneros más divulgados, sobre todo si tenemos en cuenta la escasez de formas estéticas próximas a la acción y al suspense en la tradición escénica y literaria hispanas. Sin embargo, en los últimos años, el thriller comienza a reclamar un trozo de protagonismo en las salas españolas, refrendadas por rotundos éxitos que nos hacen pensar que la ola de este género seguirá deparando futuros títulos importantes en nuestra cinematografía. Podemos situar el punto de inflexión en la ceremonia de los Goya de 1996, cuando Tesis de Alejandro Amenábar recibe el premio a la mejor película en perjuicio de El perro del hortelano de Pilar Miró, basada en una obra teatral de Lope de Vega. El acontecimiento no escapa al simbolismo: un thriller dirigido por un director novel sale vencedor frente a una transposición teatral dirigida por la mentora de la Ley Miró, de los años ochenta, ley que promovía la adaptación de textos de la literatura hispana. El respaldo no fue sólo académico, sino también recaudatorio; el público español, que solía a llenar las salas que exhibían películas estadounidenses de este género, daba la bienvenida a este tipo de cine que, en los años sucesivos, aportarían nuevos títulos de relevancia. Además de los trabajos de Amenábar y Daniel Calparsoro, Daniel Monzón con Celda 211 —ganadora también del Goya a la mejor película en 2009— y con El niño estableció un productivo maridaje con el público español, al igual que Enrique Urbizu, guionista de La novena puerta de Roman Polanski, y director de La caja 507 (2002) y No habrá paz para los malvados (2011) —película que espera por un remake en Hollywood—, o Alberto Rodríguez, que tras sorprender con Grupo 7 (2012), el año pasado consiguió una textura fílmica de notable calidad con La isla mínima, película que añade al suspense narrativo una atmósfera asfixiante que proviene de una doble cordenada: la espacial, por medio de la recreación opresiva del mundo rural andaluz, y la temporal, ambientada en los primeros años de la democracia, cuando aún estaban presentes ciertos automatismos de poder de la sociedad franquista.

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