jueves, 6 de diciembre de 2012

El placer de Leer. El señor Ibrahim y las flores del Corán


La novela de Eric-Emmanuel Schmitt parte de un planteamiento muy frecuente en la literatura, también en el cine, que aborda temas de calado filosófico y existencial, basado en la relación de dos personajes que pertenecen a generaciones distintas. Momo es un joven judío que vive en un barrio de París, donde conoce a un tendero musulmán, que lo adopta espiritual y burocráticamente, para transmitirle toda su sabiduría cotidiana, basada en la contemplación sosegada y tranquila de la vida.

Entre ambos se inicia una relación simbiótica, en la que ambas partes sacan provecho de su vida en común, cada uno desempeñando su rol, uno como receptor de consejos y el otro como emisor de los mismos. Momo inicia un aprendizaje vital y encuentra su figura paterna (su madre lo ha abandonado y su padre no ejerce como tal), mientras que Ibrahim siente rejuvenecer porque ha encontrado a alguien que lo escucha. La importancia del acto de escuchar se manifiesta cuando el anciano parece introducirse mágicamente en la mente del joven para averiguar sus pensamientos.
Es grato recibir, por supuesto, pero tanto o más lo es también compartir, pero sobre todo compartir aspectos inmateriales, no mercantilizables, porque, como dice Ibrahim, todo aquello que no compartes, lo que tú te guardas, se pierde para siempre, pero lo que das, es tuyo para siempre. De ahí que las flores que Momo encuentra entre las páginas del Corán que le regala Ibrahim se perderán en su descomposición.
Además de los puentes generacionales que se tiende entre Momo e Ibrahim, existen otros puentes culturales y religiosos, entre judíos y musulmanes, que se construyen desde el destierro de los dogmas. Ibrahim se refiere al Corán, como “su” Corán, es decir, un libro escrito por una visión individual de la vida, sin normas ni reglas impuestas.

Uno de los aspectos negativos de esta novela breve está en la dificultad de acotar unos diálogos muy profundos que empiezan y terminan en ellos mismos. Es decir, a cada diálogo no le acompaña un pasaje, un suceso, un capítulo que ejemplifique el mensaje final que aquél difunde. Esto provoca que el libro se convierta en una sucesión inconexa y demasiado teórica de diálogos escritos en el aire, sin unos pilares terrenales sobre los que construir una trama ficcional.
En el año 2003, el cineasta francés François Dupeyron adaptaba el texto a la gran pantalla, en un trabajo digno en el que se percibe su empeño por contextualizar los diálogos en unas coordenadas de la vida real, sobre todo a una inteligente utilización del montaje y del espacio. Así, Dupeyron consigue conferir a los diálogos un tono más creíble, como complementos de la historia, no como elemento principal que depararía un teatro filmado. La interpretación de Omar Sharif como el señor Ibrahim le valió varios galardones de renombre, como el Premio del Público en Venecia o el César.

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