sábado, 1 de diciembre de 2012

Wenceslao Fernández Flórez y su crucial papel en la coformación de un modo de cinema hispano


Libros y literatura. http://www.librosyliteratura.es

A menudo, la supuesta ideología conservadora del escritor Wenceslao Fernández Flórez se ha utilizado como razón fundamental de la gran profusión de adaptaciones cinematográficas puestas en forma a partir de su obra literaria, durante los primeros años del franquismo[1]. Dicha afirmación, además de reducir la relación causa-efecto a un silogismo excesivamente simplificador, parte de una proposición, al menos, discutible. La adhesión de Fernández Flórez al alzamiento militar no debe hacernos olvidar que la mayoría de su obra literaria vio la luz durante la dictadura de Primo de Rivera, y que un repaso a su biografía revela una zigzagueante trayectoria ideológica, en la que encontramos no pocos escarceos con algunas propuestas políticas de la época —llegó incluso a definirse como “socialista heterodoxo”— que dibujan una personalidad mucho más compleja, e incluso contradictoria en algunos casos. Fernando Díaz-Plaja dedica las más de trescientas páginas de su obra Wenceslao Fernández-Flórez: el conservador subversivo a intentar resituar su literatura a partir de la consulta directa con sus escritos.

F.-F. fue un escritor que socavó sucesivamente y con el arma del humor que hacía más penetrante su mensaje, todas las bases ideológicas de la derecha española de entonces, es decir, la Monarquía, la Iglesia, la Aristocracia, la Banca, el Capitalismo, la Moral tradicional y, lo que era mucho más grave, el sentido reverencial hacia la Patria y el Ejército[2].
            En similares términos se expresó en su día Fernando Fernán-Gómez al afirmar, respecto del autor gallego, que “era un hombre absolutamente de derechas, pero con una literatura absolutamente disolvente, de izquierdas, libertaria, antimilitarista, defensora del amor libre…”[3]. De ahí que resulte sorprendente que la vida del escritor haya pesado más que su legado literario a la hora de valorar su trayectoria como intelectual. El episodio vivido por Fernández Flórez en el Madrid republicano[4] durante los primeros meses de la sublevación, sumado a la amistad personal que mantuvo con el dictador Francisco Franco, han servido de coartada para aquellas teorías que defienden el carácter conservador del escritor. Sin embargo, de la lectura de sus textos se desprenden conclusiones que contradicen no sólo a los que sitúan a Fernández Flórez próximo al franquismo, sino que contradicen también al propio escritor en su comportamiento cotidiano como individuo acomodado en la clase burguesa. Es decir, la mayor paradoja del autor gallego se establece entre su obra y su vida.
            El importante papel de Fernández Flórez en la conformación de ciertas estilizaciones que caracterizan al mejor cine español de los años cuarenta, sólo puede ser esclarecido a través del análisis pormenorizado y sosegado de los relatos literarios y de sus adaptaciones fílmicas; esos relatos “hondamente desesperanzados y sorprendentemente modernos por una concepción narrativa reflexiva y autoconsciente”[5].
            Para profundizar en el concepto “hondamente desesperanzados” utilizado por José Luis Castro de Paz para definir el tono que desprenden los escritos de Fernández Flórez, nos valemos de un breve relato del autor bajo el título “El monte de la vida”[6], que narra el ascenso de un individuo hacia una cumbre. A medida que avanza, las fuerzas van flaqueando hasta que al fin llega a un albergue donde solicita hospedaje. Quien le abre la puerta es el Amor y le niega la entrada alegando que ese no es sitio para una persona como él: “Pasa adelante y no vuelvas jamás a llamar a mis puertas. Soy el Amor”. Con ánimo decaído prosigue el ascenso hacia la cumbre, pero antes de alcanzarla vuelve a llamar a la puerta de un nuevo hospedaje, donde la Gloria, una vez más, le impide el paso: “No luce en tu frente el lucero del genio. ¡Vete! Nadie ha entrado así en el templo de la Gloria”. Finalmente, con las fuerzas justas para mantenerse en pie, el individuo llega hasta una choza donde vuelve a suplicar hospicio. Entonces sí recibe asilo por parte del dolor: “—¡Pasa!— me dijo —. Somos antiguos amigos y tendrás siempre albergue bajo el techo de mi cabaña. Te he mecido contento en tu cuna y te acompañaré hasta el sepulcro. ¡Pasa tú, mi hijo predilecto! ¡Soy el dolor!”. He aquí el personaje que puebla la obra literaria de Fernández Flórez, un personaje que tiene vedada la entrada en el mundo de la gloria y del amor, y que vive condenado al sufrimiento de una vida vulgar. El concepto clave que funciona de puente entre la literatura de Fernández Flórez y la cinematografía nacional de los años cuarenta es “la conciencia del derrotado”. El autor gallego retrata en su obra a los seres más vulgares, individuos anónimos que en la realidad cotidiana pasarían desapercibidos por su insignificancia, sujetos solitarios que se sientan en una mesa apartada de una bar, que viajan de forma silenciosa en el asiento trasero de un tranvía, o que pasean su escuálida figura por las calles de una ciudad de provincias sin llamar la atención del más observador de los viandantes. Son individuos tristes que han llevado una vida vacía, anodina, aburrida, monótona, y cuando llega la hora de mirar hacia atrás para hacer balance de su existencia, se dan cuenta de que su vida ha sido devorada por el paso del tiempo sin que hayan podido hacer absolutamente nada en este mundo. Esa conciencia que tiñe de pesimismo toda su obra, es la que tras la terrible Guerra Civil se extiende por toda la sociedad española.
Esto explica, por otro lado, que el grueso de sus adaptaciones se circunscriban mayoritariamente a la década de los cuarenta, los años más negros de la dictadura, cuando las graves heridas de la guerra, las físicas y las psicológicas, seguían sangrando. Sus novelas relatan historias de personajes individuales que, dado el profundo subjetivismo de la narración, cubren toda su obra de un pesimismo asfixiante.


En la distancia existente entre los deseos y la realidad se forja la conciencia del derrotado. Todos los personajes fernández-florezcos alcanzan un estado de falsa esperanza que da rienda suelta al optimismo y que les lleva a imaginarse un futuro radiante donde se cumplen sus deseos. Sin embargo, una vez acariciada ese estado de embriagadora felicidad, la realidad se impone con toda su crudeza para asestar un golpe mortal al ánimo del protagonista. Por esta razón, cuando la esperanza se desvanece de forma definitiva, decide regresar al útero materno para resguardarse de los azotes de la realidad, en lo que se ha interpretado como retorno a la etapa infantil del ser humano. El mundo exterior hiere de gravedad la autoestima de los personajes que emprenden la huida hacia un lugar alejado de cualquier peligro. No obstante, esta decisión conlleva un gravamen que repercute en su estilo de vida, puesto que la placidez del universo materno tiene como compañera de viaje a la rutina. Efectivamente, dicho cobijo implica una vida sin sobresaltos, tanto para lo bueno como para lo malo. Para lo bueno porque mantiene a los sujetos alejados de las desdichas de la vida real, para lo malo porque encerrado en ese mundo la vida se desarrolla de un modo insulso. Se gana tranquilidad a cambio de monotonía. Las  palabras del personaje de La casa de la lluvia[7] al final del relato ejemplifican esta retirada al útero materno. Después de frustrarse la fuga con la joven muchacha de la que se enamoró, el protagonista retorna abatido a su sillón junto al fuego de la chimenea y ordena a su mujer cerrar con llave la puerta principal, porque el exterior ya no puede ofrecerle nada que merezca la pena vivir.
Con el objetivo de compensar la mediocridad en la que viven, la gran mayoría de los personajes de Fernández Flórez acuden a la Fantasía para crear un mundo alternativo al suyo, como el protagonista de La onza de chocolate, el cuento que forma parte de Tragedias de la vida vulgar.
         Después, cuando nuestra vida avanza, vamos haciendo menos preguntas a la Fantasía. La conservamos como a la vieja criada que nos contó en la niñez los cuentos de sus montañas. Le cedemos el desván cerca de las estrellas. En nuestras noches de amargura, en nuestras tribulaciones, cuando lloramos sobre la ambición incumplida o el amor imposible, ella viene a sentarse a nuestro lado con sus mismas galas antiguas y su misma bondad.
         - ¡Oh, pobre niño mío – nos consuela -, yo te traigo ahora el dinero que no tienes, el poder que te huye, la amada que no has podido besar!... Sé feliz bajo mi magia amparadora[8].
El único consuelo que les queda a los desdichados para sobrellevar su pobre existencia es la fantasía. Aquellos que no gozan de la compañía de una mujer hermosa ni del dinero necesario para cortejarla, echan mano de la imaginación para mitigar su angustia. Sólo de esta manera consiguen mitigar su sufrimiento. El equívoco de la personalidad, una temática reiterativa en el cinema hispano de los años cuarenta[9], es una consecuencia de esta pugna que los sujetos mantienen con la realidad. La decepción, la amargura, la melancolía, la pesadumbre, la desazón, la aflicción, y todos aquellos sentimientos que surgen de la insatisfacción representan el móvil del equívoco de la personalidad. Aquél que pretenda huir de su propia existencia para forjarse una personalidad ficticia, lo que en realidad está haciendo es poner de relieve su condición de sujeto atormentado por la conciencia del derrotado, un individuo afligido por el fracaso. La obra de Fernández Flórez se encuentra plagada de individuos que se forjan una nueva personalidad para huir de sí mismos. El hecho de que un personaje desprecie su propia vida e intente reconstruir una personalidad artificial, implica una dura crítica a una realidad social en la que la mayoría de los ciudadanos busca el refugio de la fantasía para resguardarse de sus penurias. En tiempos de miseria, el único consuelo que les queda a los desventurados es su capacidad imaginativa para crear un mundo alternativo. El pobre desea ser rico, el feo ser guapo, el cobarde ser valiente, el enamorado desengañado desea ser correspondido, el hombre insignificante desea convertirse en una celebridad, en resumen, el desgraciado desea ser feliz.
El protagonista de Huella de luz recala en el Balneario de Montoso, un pequeño universo de lujo donde se aloja lo más selecto de la sociedad española de la época. Ese espacio no corresponde a su espacio vital original, luego para sobrevivir se ve obligado a metamorfosearse y confundirse entre la fauna del Balneario; y que mejor disfraz, para tal fin, que un smoking. De esta forma, el smoking, y por extensión el vestuario, se convierte en un elemento de camuflaje, el disfraz que permite al protagonista ocultar su verdadera procedencia y auparse a un estatus social superior: “Vestir bien ha sido, acaso, la mayor de mis ambiciones”[10]. Lo que en realidad ambiciona el personaje es, no vestir bien por el simple hecho de ir elegante, sino disfrutar de la sensación de ser rico, aunque sólo sea por la experiencia externa.
El argumento de Huella de luz posee varios paralelismos con otro relato de Tragedias de la vida vulgar, concretamente La limosna, que narra la historia de un niño indigente que pide limosna en la puerta de la iglesia. Vive enamorado de una niña de familia adinerada a la que cierto día rescata de un incendio. Cuando ésta, días después, se acerca al joven que está pidiendo para hacerle entrega de una limosna, éste miente y dice que él no está pidiendo limosna. De una forma patética, el chico pretende ocultar, al igual que Saldaña, su precaria forma de vida, por temor a no poder aspirar al amor de la niña. Otro ejemplo del equívoco de la personalidad lo encontramos en El ilustre Cardona. Ramiro Cardona es un poeta sin éxito que vive con su hermana enferma. La situación económica es muy complicada, ya que apenas logran llegar a fin de mes. Cardona le cuenta a su hermana que sus poemas se venden a doquier, pero que por una cuestión de principios se niega a recibir ni un solo duro de la venta de sus libros. Obviamente, todo es una farsa. Cuando la salud de su hermana empeora y la necesidad del dinero se vuelve acuciante, se descubre toda la mentira.
La obsesión de Fernández Flórez por la temática de fantasía como narcótico contra la realidad cruel infunde al escritor una predisposición afectuosa hacia el cine[11], una de las artes más eficaces a la hora de hacer tangible una realidad ficticia. Una pantalla cinematográfica ofrece al espectador la posibilidad de vivir, con un alto grado de realismo, esa existencia alternativa que mitigue las angustias de su propia vida. Apelando a un ejemplo fílmico de la época, podemos comprobar el valor del cine para representar un mundo que satisfaga los deseos de los seres humanos. En Eloísa está debajo de un almendro (Rafael Gil, 1943) nos encontramos con un personaje —interpretado por Juan Espantaleón— que, por culpa de una dolencia física, debe permanecer postrado en la cama. Para hacer más llevadera su convalecencia proyecta sobre la pared de la habitación imágenes de paisajes filmadas desde un tren en movimiento, lo cual le permite imaginarse un viaje en ferrocarril que le transporta más allá de su dormitorio. Esa capacidad que poseen las imágenes cinematográficas para representar una realidad alternativa ejerce, a nuestro entender, un fuerte magnetismo sobre Fernández Flórez.
—Para mí, el cine es un arte maravilloso. Yo daría cualquier cosa por tener la posibilidad de frecuentarlo asiduamente. Me falta tiempo. Y créame que lo lamento bien sinceramente. Encuentro en el cine un arte que nos ofrece las posibilidades que sobrepasan a otros muchos[12].
            En ese acercamiento al cinematógrafo, además de las prestaciones de índole temática y argumental, Fernández Flórez también intentó imprimir su huella mediante aquellos aspectos formales de su escritura, las cuales sitúan al autor coruñés en un lugar trascendental “en la configuración de ciertas estilizaciones que singularizan el mejor cine español tanto antes como después de la Guerra”[13]. Entre todas sus peculiaridades discursivas, la vertiente autorreflexiva o metaliteraria se ha dejado entrever como elemento primordial a la hora de analizar la relevancia de su impronta en la cinematografía nacional. El ejemplo más diáfano de metaliteratura dentro de su obra lo encontramos en Un cadáver en el comedor (1936), novela que fue llevada por Antonio Román a la gran pantalla bajo el título de Intriga (1942)[14]. La narración se desarrolla dentro de los cánones marcados por la novela policíaca hasta que, al llegar al desenlace de la trama, un personaje acusa al autor de la novela de ser el asesino. En la versión fílmica el autor de los asesinatos pasaba a ser el director de la película, que al ser descubierto es increpado por los actores. Lo cierto es que la tradición literaria española cuenta con numerosos e insignes ejemplos de obras metadiscursivas —Don Quijote de la Mancha y Niebla son quizá los dos casos más célebres y paradigmáticos—, a la cual no fue ajena la faceta creativa de Fernández Flórez, quien lo aplicó, no sólo en su cometido literario, sino también en su incursión cinematográfica, como queda de manifiesto cuando firma el guión de El destino se disculpa (José Luis Sáenz de Heredia, 1945), a partir de una narración estrictamente lineal[15] al que el propio autor revierte la estructura para elaborar un relato autorreflexivo. Ya desde el inicio, el filme de Saénz de Heredia nos presenta al “Destino”, un “hombrecito” de aspecto sencillo que interpela de forma explícita al espectador y se dispone a contarnos una historia que dice haber escrito él mismo. En varios momentos, gracias al conocimiento que posee de la narración, es capaz de anticipar los acontecimientos y de introducirse en el inconsciente del protagonista. Pero la intervención sobre el discurso fílmico más explícita del narrador-destino es, sin lugar a dudas, el congelado de imagen que detiene la acción, con la finalidad de intercalar una explicación y un comentario. El Destino se despide de los espectadores y deja solo al personaje para que sea éste quien decida libremente qué camino ha de tomar. Intenta dar vida al personaje, y para ello le otorga el don de la libertad, del libre albedrío, le concede la posibilidad de llevar a cabo una acción al margen de las directrices de su autor.  Más allá de Fernández Flórez, existen otros ejemplos de discursos cinematográficos, dentro del panorama nacional, basados en el juego autoconsciente. Es el caso de La vida en un hilo (Edgar Neville, 1945), de notorias analogías con el anterior filme de Sáenz de Heredia. En ambas películas el “Destino” se convierte en el hilo conductor de la trama fílmica. Autorreflexividad encontramos también en otros muchos títulos como por ejemplo Si te hubieses casado conmigo (1945)[16] del director ruso Victor Tourjanski, Viaje sin destino[17] (Rafael Gil, 1942), Fin de curso (Ignacio F. Iquino, 1943), Dos cuentos para dos (Luis Lucia, 1947), El sobrino de don Buffalo Bill (Ramón Barreiro, 1944), El pirata Bocanegra (Ramón Barreiro, 1946).
            Entre toda la obra fílmica en la que, de una u otra manera, haya intervenido la pluma de Fernández Flórez, hemos elegido un plano que nos puede ilustrar de un modo ejemplarizante parte del contenido expuesto en el presente artículo. Se trata de una imagen perteneciente a Huella de luz, película dirigida en el año 1942 a partir de una novela corta del escritor gallego, que también intervino en la confección del guión. El argumento del filme narra la historia de Octavio Saldaña, un humilde empleado de la empresa Sánchez Bey, que gana un exiguo salario con el que subsisten, con más pena que gloria, tanto él como su madre. Pero su destino parece haber cambiado de rumbo cuando a punto está de desfallecer en el trabajo debido al cansancio. Su jefe, el señor Sánchez Bey, en un alarde de generosidad, se compadece de su trabajador y le obsequia con un mes de alojamiento gratuito en el lujoso Hotel Montoso para recuperarse de su dolencia. Una vez allí, Saldaña se hace pasar por un joven aristócrata de familia adinerada y aficionado a la vida ociosa y aventurera. Durante su estancia en el Hotel se enamora de Lelly Medina, la hija de Andrés Medina, un prestigioso y rico empresario que ha competido toda su vida con la empresa del señor Sánchez Bey. Hasta el Hotel llegan dos agregados de la República de Turolandia en busca de un contrato fructuoso para los intereses de su país. De esta circunstancia pretende aprovecharse el apoderado del señor Bey, el cual proyecta traicionar a su jefe mediante un pacto con Andrés Medina. Este pacto consiste en una estratagema para lograr un contrato en exclusiva con los agregados de Turolandia. Sin embargo, Saldaña descubre por casualidad la maniobra del apoderado traidor, y pone al corriente de la misma al señor Bey. Cuando Sánchez Bey se presenta en el Hotel para desbaratar la artimaña de su propio apoderado, conoce a Lelly Medina, la hija de su gran amor del pasado, Laura Aguilar, cuyo retrato todavía guarda en el cajón de la mesa de su despacho. Este amor frustrado fue el inicio de la rivalidad con Medina, con quien Laura acabó casándose, a la vez que el origen de la aflicción que ha invadido el alma de Sánchez Bey. Tras una fugaz reunión con los agregados de Turolandia, el señor Bey logra salvar su contrato consiguiendo, además, arruinar las expectativas de su eterno competidor. Mientras tanto, Saldaña recibe la visita inesperada en el Hotel de su madre, lo que pone en peligro la farsa que el joven ha montado alrededor de su personalidad. Para evitar ser descubierto, lleva a su madre a comer al pinar, lejos del recinto hotelero, sin embargo, Lelly Medina aparece en el lugar mientras madre e hijo almorzaban, descubriendo, así, la gran mentira ideada por Saldaña. Abatido, el joven regresa a casa con su madre sin despedirse de Lelly Medina. Entonces, surge la figura paternal de Sánchez Bey, el cual interpreta el papel de Celestino para unir a los dos jóvenes enamorados. Para ello firma un pacto amistoso con Medina y nombra a Saldaña su nuevo apoderado. La historia termina como un cuento feliz, en el que Lelly Medina y Octavio Saldaña se prometen matrimonio.
            Respecto a su fuente literaria, el largometraje de Rafael Gil opera una serie de modificaciones destinadas a dulcificar, en parte, el matiz dramático que desprendía la novela. La primera gran modificación que afecta de manera considerable al argumento original de Fernández Flórez radica en la transformación de la enfermedad terminal que Saldaña sufre en la novela, por una debilidad pasajera motivada por el cansancio. De una muerte segura se pasa a una simple afección sin importancia. Este hecho, claro está, produce un giro radical en el tono de la película, un giro de 180 grados que convierte un argumento cargado de dramatismo en una comedia complaciente con los deseos de evasión demandados por el público de la época. Tanto es así, que el resultado final de la adaptación depara un filme en la estela de la comedia americana, donde se evidencian claras similitudes con el cine de Frank Capra[18] y Ernst Lubitsch[19], dos de los directores más admirados por Rafael Gil desde sus años de juventud en los que ejerció como crítico cinematográfico. Como no podía ser de otro modo, la dulcificación del tono general del argumento literario que se opera en el proceso de transposición abre las puertas a un final feliz que, de hecho, acaba por confirmarse y ratifica el nuevo talante de la adaptación. Pero la modificación de la enfermedad terminal por una dolencia pasajera acarrea, evidentemente, un matiz diferente, al suprimir en el personaje esa visión pesimista del mundo, puesto que la inmediatez de la muerte incitaba a hacer balance de toda la vida pasada, de la huella que había dejado en este mundo, con balance era tan desalentador que despertaba un sentimiento de vacío, de nostalgia por haber vivido una vida huera, anodina, insustancial, una existencia vulgar exenta de colorido. Ahora bien, a pesar de que la adaptación escatima la enfermedad terminal de Saldaña el filme de Rafael Gil conserva parte de este planteamiento pesimista gracias a un recurso brillante, que consiste en el desdoblamiento del personaje novelesco: Federico Saldaña (así se llama en la novela), en su tránsito al cine, se desdobla en Octavio Saldaña y Sánchez Bey. Estamos ante un procedimiento novedoso a la vez que práctico, puesto que, de este modo, se consigue que Octavio Saldaña herede de su original literario la pobreza material que le mantiene sumido en una vida miserable con nulas oportunidades de conseguir el corazón de Lelly Medina, mientras que, por su parte, Sánchez Bey, que en la novela no pasó de ser un personaje circunstancial, hereda la pobreza vital que Federico Saldaña destila por culpa de la prematura muerte que le acecha y del desengaño amoroso. Sánchez Bey representa en la película a un acaudalado empresario que ha dedicado toda su vida a amasar una fortuna material, pero un sentimiento de nostalgia surge de su interior cuando, al volver la vista atrás, se percata de que toda su existencia ha discurrido por la senda de la monotonía, la apatía y la soledad. En el cajón de la mesa de su despacho guarda la foto de su amor frustrado; es un cajón que abre todos los días, una realidad de la cual no puede escapar, que le atormenta día a día y que le recuerda que, a pesar de ser un hombre rico, es un hombre con una vida triste. La otra gran modificación que se lleva a cabo en el proceso de transposición de la novela a la pantalla cinematográfica es el final. La película ofrece al espectador un final feliz made in Hollywood que comienza a fraguarse desde el momento en el que a Saldaña queda liberado de la enfermedad terminal. Ahora bien, para la consumación de ese final bienaventurado ha sido necesaria la mediación activa de Sánchez Bey. Es su intervención la que origina un giro en el desenlace de la trama hasta culminar en la promesa de matrimonio de los jóvenes enamorados, pero hasta la mediación de Sánchez Bey, exceptuando la supresión de la enfermedad terminal, podríamos decir que la adaptación se desarrolla bajo una considerable fidelidad que se quebranta justo en el momento en el que Sánchez Bey decide interpretar el papel de Celestino. Hasta ese instante, se ha consumado el fracaso amoroso de Saldaña por una cuestión de incompatibilidad entre los estratos sociales de los amantes. Incluso, la película – insisto, hasta el momento previo a la mediación celestina de Sánchez Bey – recupera la estructura cíclica de la novela, que se inicia y finaliza en la casa de Saldaña, apesadumbrado por la pérdida del objeto de deseo y resignado a la escasez de bienes materiales.
         Si a usted le parece bien caer verticalmente en el contraste, puede volver a aparecer Octavio en su casa otra vez. Ya no hay trajes suntuosos. Saca del armario de pino su chaqueta para ir a la oficina. Pide la comida o el desayuno con urgencia, para no llegar tarde. La pobre cocina. La madre ajetreada. Un gato mira desde el tejado, con la cabeza pegada a los cristales de la ventana. Vuelve otra vez la vida de antes, que ahora es más triste[20].
En el texto fílmico, una vez abandonado el Hotel Montoso, vemos de nuevo al protagonista en su casa, viviendo las mismas penurias de siempre, en una situación muy similar a la que lo encontramos en el inicio del filme. Su madre, apurada por ahorrar dinero, aguarda hasta el último momento para realizar la compra, pero cuando llega casa ya es demasiado tarde para Octavio que tiene que marcharse al trabajo sin comer. Esta escena podría representar el retorno a su forma de vida cotidiana llena de penuria que la novela relata en la novela - “Estoy de nuevo en mi cuartito de la calle Lamedal”[21] – y que simboliza el fracaso de su aventura en Montoso y, por extensión, de toda su vida. Pero a partir de aquí, la figura de Sánchez Bey emerge como un hada madrina  que se obstina en construir un final feliz para Medina y Saldaña, intentando representar en tiempo presente el amor en fuga que vivió de joven y que le sigue atormentando como recuerdo. Para ello firma un tratado de paz con su gran enemigo en los negocios, el mismo que le había arrebatado su gran amor de juventud. Aunque el papel que interpreta Sánchez Bey en la película es totalmente novedoso respecto a la novela, las motivaciones que lo empujan a comportarse como un celestino son motivaciones que ya se encontraban en la obra de Fernández Flórez, pero, y aquí radica el hallazgo de la adaptación, se encontraban en el interior del personaje de Federico Saldaña, dentro de ese semblante triste y nostálgico que heredó Sánchez Bey. Por lo tanto, lo que Sánchez Bey pretende es revivir a través de los dos jóvenes – Octavio y Lelly - la historia de amor que el vivió con la madre de ésta pero que acabó en fracaso. Se trata, pues, de una forma de suplicar una segunda oportunidad, una forma de retroceder en el tiempo que le permita asir el fugaz instante que, por una vez, iluminó su lóbrega existencia. Al igual que Saldaña pretendía atrapar una porción de tiempo a través de la plasmación en papel escrito de su experiencia – Escribo porque viví unos días magníficos y pretendo darlos perpetuidad[22], Sánchez Bey pretende el mismo objetivo por medio de la escenificación real de una pareja que despierta en él un sentimiento de nostalgia debido a los paralelismos que existen con su experiencia personal. Se trata de una forma de mirar al pasado que se podría denominar recuerdo reconstruido. La imagen o el recuerdo de un ser fallecido que se proyecta sobre una persona desvela el anhelo del ser humano por revivir un momento hermoso del pasado, por recuperar el objeto de deseo perdido. En términos mitológicos, se reproduce el mito de Orfeo que osó descender a las tinieblas para recuperar a Eurídice. Lo que, en definitiva, desvela este anhelo es un trauma ocasionado por la pérdida del objeto de deseo, bien a causa del destino o bien por la aparición de la muerte, términos (destino y muerte) que en el vocabulario particular de Fernández Flórez comparten campo semántico. Este anhelo universal por abrir una ventana al pasado, que aquí representa Sánchez Bey, enlaza con la idea que el director expuso, en su día, sobre el arte cinematográfico.
Nostalgia: la vida presente ha fracasado y la humanidad encuentra su mayor consuelo al recordar el pasado. Y ningún arte como el cinema es tan elocuente al evocar. Sobre todo, al evocar lo inmediato, lo que aún carece de frialdad histórica por no haber perdido el calor de la vitalidad[23].
            La pérdida del objeto de deseo arrastra al individuo a un estado de nostalgia perpetua, de añoranza por lo que pudo ser y no fue, que le incita a mirar continuamente atrás en el tiempo, porque es ahí donde reside lo perdido, que ya no es más que un recuerdo: “Ya las gentes les gusta engañarse a sí mismas, creyendo en la vuelta, imposible, del pasado”[24].
En otra película del mismo director, El fantasma y doña Juanita (1944), Rafael Gil reincide en esta idea de rescatar el tiempo pasado para recuperar el objeto de deseo perdido. El filme trata la historia de una joven afligida por su inminente boda con un hombre que no ama. Su tía, Doña Juanita, decide contar un episodio de su pasado, cuando perdió al amor de su juventud. Esta historia, narrada mediante un flashback, llena de coraje a su sobrina que, finalmente, rechaza a su prometido para casarse con su verdadero amor. El filme utiliza al mismo actor, Antonio Casal, para interpretar al amor deseado de la joven (presente) y al amor desaparecido de la tía (pasado). La anciana encuentra en la historia de su sobrina un claro paralelismo con su propia historia, y esto despierta en su interior la nostalgia de un tiempo pasado que pretende proyectar sobre el acontecimiento presente protagonizado por su joven sobrina. El objeto de deseo perdido parece resurgir de sus cenizas, personificado en el joven que ha cautivado el corazón de la muchacha enamorada, de ahí que el personaje masculino del cual se enamoró en su juventud tenga el mismo rostro del joven por el que suspira su sobrina. Se trata de un retorno al pasado para poder recuperar el objeto de deseo y poder revivir, esta vez con un final feliz, aquella historia de amor a través del romance actual entre su sobrina y el joven que la corteja en la clandestinidad.
Retornando a Huella de luz, Sánchez Bey interpreta el rol de Celestino e interviene en la historia de Saldaña y Lelly para impulsar un final feliz, intentando reconstruir en tiempo presente el amor en fuga vivido en la juventud y que le sigue atormentando como recuerdo. Llegamos así al plano que hemos seleccionado como sinécdoque de los modos de representación de su legado literario. Nos referimos al desenlace final en el que los dos muchachos celebran con un baile su compromiso de matrimonio. Si nos fijamos en la puesta en escena del momento en el que Sánchez Bey y la madre de Octavio observan complacidos a la joven pareja enamorada, podemos observar cómo la disposición de los personajes y la ubicación de la cámara parecen recrear la estampa de dos espectadores que observan la ficción representada por una pantalla cinematográfica. Tanto la madre de Octavio como Sánchez Bey se sientan en un banco prácticamente de espaldas a la cámara, mientras que en un segundo plano, frente al campo de visión de los dos espectadores, la pareja de enamorados disfruta del baile y de su recién estrenado compromiso de boda. Se identifican, pues, con dos espectadores de cine que observan en la pantalla el final de feliz de una historia de ficción. Por ello, la insistencia de los personajes en relacionar ese final feliz con un sueño o con una ilusión[25], podría despertar en el espectador cierto escepticismo respecto al desenlace de la película, como si continuamente se nos estuviera advirtiendo de que tal desenlace sólo tendría cabida en una película, y no en la vida real. Si a los propios protagonistas de la historia les cuesta aceptar la autenticidad de lo que están viviendo – “Dime que todo esto es verdad porque yo no me lo creo” llega a decirle Octavio a Lelly mientras bailan en la escena final -, la percepción del espectador será muy similar a la que el señor Sánchez Bey obtiene mientras observa sentado en el banco a un Octavio feliz de haber conseguido lo que él nunca tuvo. Y es que, aunque en ese momento se sienta reconfortado por el desenlace, una vez acabe la fiesta, la contemplación del retrato que esconde en el cajón de su mesa, volverá a despertar en el señor Bey la nostalgia por lo perdido, por lo que pudo ser y no fue. Una sensación muy similar se apoderará del espectador real una vez haya terminado la proyección de la película y recupere el sentido de la realidad, de su realidad.
En definitiva Este único plano encierra en sí mismo tres de los más importantes planteamientos de la obra de Fernández Flórez expuestos en este artículo. En primer lugar, la conciencia del derrotado subyace bajo la mirada melancólica de Sánchez Bey cuando contempla la escena protagonizada por los dos jóvenes enamorados, que le recuerda aquel amor que él jamás ha podido poseer. Esa melancolía por lo perdido encuentra un bálsamo apaciguador a través de la imagen de Saldaña y Lelly, sin embargo, la puesta en escena fuerza intencionadamente en el espectador la identificación con una sala de cine en la que, tanto Sánchez Bey como la madre de Saldaña, son parte de un público que observa una ficción fílmica. Entonces, y aquí entra en juego el segundo planteamiento,  dicho plano también plasma el valor de la fantasía para mitigar las penurias del ser humano. Por último, la representación de dos personajes que comparten plano con una “supuesta” proyección cinematográfica, supone, en cierta forma, un ejercicio metacinematográfico que busca evidenciar el carácter ficticio de un hecho representado.



[1] En la actualidad, Wenceslao Fernández Flórez sigue siendo el escritor español más adaptado desde el nacimiento del cine con un total de diecinueve filmes.
[2] Fernando Díaz-Plaja. Wenceslao Fernández Flórez: el conservador subversivo. A Coruña: Fundación Pedro Barrié de la Maza Conde de Fenosa, 1998, pág. 9.
[3] Diego Galán. La buena memoria de Fernando Fernán-Gómez y Eduardo Haro Tecglen. Madrid: Alfaguara, 1997, pág. 14.
[4] Al poco tiempo de estallar el conflicto bélico, unos milicianos se presentan en su domicilio para requisarle el automóvil, pero Fernández Flórez es consciente de que sus últimas crónicas parlamentarias no han gustado a los incondicionales de la República, y esa no será la última visita, por lo que su vida empieza a correr serio peligro. Por ello, opta por esconderse en la casa del vizconde Riba-Tamega, convencido de que el conflicto no durará más que unos días. El temor del escritor a ser descubierto, con las consiguientes consecuencias funestas, le lleva a buscarse otro refugio en casa de un amigo. No resulta difícil hacerse una idea del pánico y el horror que sufre Fernández Flórez en el transcurso de estos días, sobre todo cuando a sus oídos llegan noticias de que los milicianos han ido a buscarlo a su domicilio en varias ocasiones con la intención de procurarle el "paseo". Un nuevo refugio acentúa su mísera situación, hasta que consigue asilo político, primero en la embajada portuguesa y luego en la holandesa, país que le había concedido la Cruz de Caballero de la Orden de Orange-Nassau. No obstante, el periplo de Fernández Flórez por la España republicana se vuelve a complicar con la orden del gobierno holandés de evacuar a todos sus refugiados. Cuando llega a Valencia, es retenido en la aduana por la policía que le prohíbe salir del país. En ese momento contacta con su amigo el socialista Julián Zugazagoitia, ministro de la gobernación en el gobierno republicano. Zugazagoitia le facilita un coche y una escolta que le lleva, al fin, a la frontera francesa. Al poco tiempo, llega a Cecebre, en la España nacional. Esta terrible experiencia personal se traduce en una novela titulada Una isla en el mar rojo (1939), donde describe el calvario vivido.
[5] José Luis Castro de Paz. Fernando Fernán-Gómez. Madrid: Cátedra. Signo e Imagen / Cineastas, 2010, pág. 25.
[6] Fidel López Criado, Rebeca Díaz Figueroa, Ana María García Freire, Romina Pasandín Vayo y Eva Tizón Zas. La cuentística de Wenceslao Fernández Flórez. A Coruña: Deputación da Coruña, 2001, pp. 165-167. Este relato se incluye dentro de uno de los volúmenes hallados en el archivo personal del escritor.
[7] “Atranquemos la puerta, mujercita mía, y enseñemos al perro a ladrar a la aventura si alcanza a pasar por aquí, en ruta equivocada. Tú y yo nada tenemos que esperar de lo que traen los bulliciosos caminos del mundo”. Wenceslao Fernández Flórez. La casa de la lluvia. Obras completas. Tomo II. Madrid: Aguilar, 1959, pág. 497.
[8] Wenceslao Fernández Flórez. Tragedias de la vida vulgar. Obras completas. Tomo I. Madrid: Ed. Aguilar, 1958, pág. 815.
[9] Félix Fanés relaciona el tema del equívoco de la personalidad con el trauma producido por la Guerra Civil. Félix Fanés. El cas CIFESA: Vint anys de cine esapanyol (1932-1951). Valencia: Filmoteca Generalitat Valenciana.
[10] Wenceslao Fernández Flórez. Huella de luz. Obras completas. Tomo IV. Madrid: Ed. Aguilar, 1956, pág. 445.
[11] En opinión de Rafael Utrera[11], si hay algún académico que se haya destacado por encima del resto por su afinidad al cine ése es  Fernández Flórez. Rafael Utrera. Escritores y cinema en España. Un acercamiento histórico. Madrid: Ed. JC, 1986.
[12] Luis Quesada. La novela española y el cine. Madrid: Ediciones JC, 1986, pp. 235-236.
[13] José Luis Castro de Paz. Fernando Fernán-Gómez. Madrid: Catedra. Signo e Imagen / Cineastas, 2010, pág. 25.
[14] Ver Pepe Coira. Antonio Román: director de cine. A Coruña: Centro Galego de Artes da Imaxe,1999.
[15] Se trata del relato El fantasma, dentro de la obra Fantasmas, escrita en el año 1930.
[16] Dicha película arranca con un plano en el que se muestra a unas manos que abren una novela; a continuación, una voz en off lee las primeras líneas para dar paso a imágenes que representan los acontecimientos que narra la novela. Más adelante, la imagen nos ofrece al narrador de la novela, se trata del propio autor de la misma, que recita en alto, para todos los presentes en la estancia, el primer capítulo de su obra literaria.
[17] El director utiliza mecanismos del cine mudo para complementar el relato de uno de los personajes.
[18] El 2 de enero de 1935, Rafael Gil publicó en ABC un artículo dedicado al director estadounidense bajo el título de “Frank Capra. Tres fechas”, en el que canta las excelencias de su cine. Reproducido en Fernando Alonso Barahona. Rafael Gil. Escritor de cine. Madrid: Egeda, 2004.
[19] Resulta inequívoca la analogía existente entre los personajes de Ninotchka y los personajes que representan a los agregados de Turolandia.
[20] Acotación del borrador enviado por Wenceslao Fernández Flórez a Rafael Gil.
[21] Wenceslao Fernández Flórez . Huella de luz. Obras completas. Tomo IV. Madrid, Ed. Aguilar, 1956. Pág. 443.
[22] Wenceslao Fernández Flórez. Op. Cit. Pág. 444.                                                                  
[23]Rafael Gil. Frente a la pantalla. Nostalgia. Madrid, ABC, 26 de diciembre de 1934. Recogido en Fernando Alonso Barahona. Rafael Gil. Escritor de cine. (Madrid, Egeda, 2004). Pág. 219.
[24] Rafael Gil. Op. Cit., pág. 237.
[25] Sánchez Bey afirma una vez consumado el final feliz que “quise hacerle (a Octavio) vivir un cuento de hadas”.

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