El gran valor
de la novela de Delphine du Vigan reside en su planteamiento metaliterario, que
pone en evidencia el proceso creativo de esta obra. Tras el suicidio de su madre, la autora aborda un ingente
trabajo de documentación de la vida de su progenitora a partir de testimonios, entrevistas,
cartas, diarios y vídeos, con el fin de esclarecer los claroscuros biográficos
que precipitaron ese trágico desenlace y, a la vez, de analizar qué tipo de
vínculo unía a ambas protagonistas de la historia. Aunque la novela se divide
en tres capítulos, creo que existe una división formal en dos partes motivada
por la distancia que la narradora muestra respecto de la trama. En una primera
parte, en la cual se narran los acontecimientos anteriores a su nacimiento,
aquellos que conoce por mediación de terceros, la autora hace uso de un estilo
clásico forzado por la distancia y la objetividad con las que se acerca el
hecho. En cambio, la segunda parte, aquella en la que ella misma es parte
activa de los acontecimientos, se pierde la objetividad, con lo cual se va
inclinando hacia una escritura mucho más visceral, exenta de un filtro reflexivo.
Esta conclusión fue corroborada durante la tertulia literaria del club Gamboa,
cuando mayoritariamente todas las participantes reconocieron que les había
gustado mucho más la primera parte.
Otra de las
cuestiones que salieron a relucir durante la tertulia fue la legitimidad de la
autora para poner en conocimiento público todos los detalles íntimos, muchos de
ellos escabrosos, de su familia. Se trata de una pregunta legítima, más si
tenemos en cuenta que la propia autora se la formula a sí misma en más de una
ocasión. A pesar de las intimidades que desvela y de las acusaciones que deja
entrever, la autora trata a todos los personajes con cierto respeto, sin entrar
de lleno en la censura o el elogio, consciente de que ella es juez y parte, y
deja que sea el lector el que extraiga sus propias conclusiones.
Nada de opone a la noche es una historia
dura sobre la falta de amor. Lucile, la madre y protagonista, fue un ser
desdichado prácticamente desde su niñez, a quien le faltó el calor humano que
pudiera darle cobijo y que la ayudara a sobreponerse de sus palos o caídas. Por
ello, la novela expele un amargo sentido de expiación de la autora, que se
siente culpable por el final que ha consumado su madre.
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