A la hora de enfrentarme a la
redacción de esta reseña he tenido muy presente el respeto a los amantes de la
literatura que todavía no han leído la novela, para ello lo fundamental es la
cautela por no desvelar ninguno de los entresijos que convierten su lectura en
un placer contradictorio. Y digo contradictorio porque pocas veces una novela
había sido capaz de despertar en mí sensaciones tan encontradas, algunos un
tanto zozobrantes, que me empujan a plantearme cuestiones que, instalado en el
bienestar del mundo occidental —aunque en los últimos tiempos un bienestar
venido a menos—, parecían ya resueltas.
Muchas de las reseñas que podemos
encontrar por internet destrozan en cinco líneas el magistral juego de
expectativas, intrigas y desarrollo de la novela. Me siento afortunado por
haber llegado a este libro totalmente virgen, ignorando el eje central de la
trama, lo cual me ha regalado unos días de placer inolvidable que yo quiero
compartir con el que lo desee no desvelando ninguno de los pasajes claves,
consciente de que eso dificulta la elaboración de esta reseña.
Para los amantes de Luis Buñuel,
probablemente, esta obra les hará recordar el film El ángel exterminador, aquella cinta en la que un grupo de
burgueses quedaba incomprensiblemente atrapados en el comedor, empezando así un
proceso de degradación humana motivado por la supresión de toda norma de
convivencia. Pues bien, Herman Koch recrea también la caída al abismo de dos
matrimonios de clase alta que, para mantener su estatus social, inician una
huida hacia adelante, sin reparar en los cadáveres que esta huida va dejando
por el camino.
Fotograma de El ángel exterminador
La violencia es algo inherente al
ser humano y se encuentra en todas las partes. El contexto, las circunstancias
que rodean a cada persona, va a condicionar que esa violencia se reprima o, por
el contrario, se manifieste como una explosión de cólera capaz de llevar por
delante todo lo que encuentre a su paso. Un adolescente de una favela brasileña
se enfrentará con unas condiciones adversas para reprimir el uso de la
violencia, en cambio, el hijo de una familia acomodada de un país europeo
gozará de unas circunstancias favorables para sobrevivir sin hacer uso de actos
violentos. Al fin y al cabo, el progreso se basa precisamente en eso, en construir
sociedades que permitan desterrar la violencia del ámbito cotidiano. Pero ésta
es incansable, jamás se rinde y aparece muchas veces donde menos te lo esperas
y de la forma más terrorífica; ahí tienen los informativos diarios como prueba
irrefutable. Herman Koch nos describe esa violencia, la que se oculta en los
hogares de familias pudientes, entre cortinas caras y muebles de alta gama, la
que quebranta de repente una convivencia armónica, y que a su vez, depara más
violencia porque es necesario salvaguardar esa convivencia armónica.
Como hecho detonante, el escritor
usa un suceso real acontecido en nuestro país hace pocos años y que horrorizó a
toda la opinión pública —insisto en desvelar lo mínimo posible— lo cual
confiere una dosis de proximidad y realismo al relato pocas veces superado. Por
si fuera poco, la construcción discursiva de la novela resulta magistral. Existe
un dominio completo del tiempo narrativo, sobre todo a la hora de bifurcar el
relato en varios lapsos cronológicos: pasado, presente, futuro y futurible.
Incluso entra en escena la imaginación del narrador, el personaje protagonista,
que se imagina en su mente sucesos que se derivan de sus deseos más primarios y
que desvelan su verdadera personalidad de forma más verídica que sus actos y
sus palabras expresadas en público.
La historia no puede estar mejor
contada que en primera persona, porque al introducirnos en la mente del
protagonista descubrimos de qué modo el odio y la violencia germinan dentro de
cada uno de nosotros sin darnos cuenta, como la persona ebria que afirma
sentirse bien para coger del automóvil después de haber bebido varias copas de
alcohol. Nos creemos seres justos y pacíficos, ¿pero en realidad lo somos? La
violencia está en todas partes, incluso puede estar dentro de nosotros, y puede expresarse de diversas formas, entre
ellas mediante el odio manifestado hacia el dedo meñique de un mâitre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario