Gracias al pase televisivo de “Munich”
de Steven Spielberg, he vuelto a cavilar sobre el contenido reflexivo de dicho
film hasta lograr un vínculo argumental con otra de sus películas más
conocidas: “Salvar al soldado Ryan”. Recuerdo que en las fechas previas a su
estreno se oyeron en el patio mediático numerosas voces de procedencia sionista
que hostigaron la trama de “Munich” por considerarla un ataque frontal a la
dignidad del estado de Israel. Para quienes no la hayan visto, el film narra la
operación que los servicios de inteligencia israelíes, el Mossad, idearon para
acabar con los responsables del atentado terrorista perpetrado por facciones
palestinas en los Juegos Olímpicos de Munich 72. La decisión del gobierno de
Israel para tal operación consistió en reclutar a un grupo de agentes que, practicando
un terrorismo de estado, irían asesinando, uno por uno, a los autores de
aquella masacre. Que un cineasta de origen judío acusara de terrorista al
Mossad fue considerado como una traición por parte de algunos sectores del
estado de Israel.
Ahora
bien, en mi opinión, la crítica de Spielberg resulta mucho más lacerante si
profundizamos en el mensaje de su película, puesto que esta reside en una idea
central: el hogar no es un espacio físico. Me explico, los miembros del Mossad
encargados de ejecutar la operación, a medida que cometen los asesinatos,
experimentan un proceso de deshumanización que los va convirtiendo,
paulatinamente, en seres depravados, en individuos capaces de exterminar a un
objetivo sin sufrir el menor remordimiento. La crisis de conciencia que padecen
los componentes del servicio de
inteligencia israelí cuando disparan a bocajarro a su primer objetivo, se va
anulando a medida que avanza la misión, hasta el punto de que se convierten en
máquinas de matar sin escrúpulos, incluso asesinan por venganza a una mujer que
ha matado a uno de los suyos por dinero. Poco a poco dejan de ser personas para
convertirse en monstruos.
El
personaje protagonista, interpretado por el actor Eric Bana, es consciente de
esta degradación e intenta recuperar parte de esa humanidad perdida, para lo
cual se aferra a un elemento simbólico que lo traslade hacia su hogar: la
comida. Efectivamente, su pasión por preparar con esmero grandes banquetes no
es más que una lucha por regresar al hogar, pero no como un espacio físico, no
como una parcela de tierra, sino como un lugar donde sentirse a gusto consigo
mismo, con una mujer y un hijo, con un trabajo decente, un lugar, en
definitiva, donde vivir como un ser humano. No es arbitrario, entonces, que
después de cada asesinato el protagonista contemple con nostalgia un escaparate
de una tienda de muebles donde se exhibe una cocina, como símbolo de ese hogar
que va perdiendo cada vez que liquida a un terrorista. ¿Hay algo más subversivo
desde el punto de vista sionista que manifestar que el hogar no corresponde a una porción de tierra? ¿Que, por consiguiente,
un estado construido a base de sangre y violencia deja de ser un hogar digno?
La película plantea que los judíos deberían buscar ese lugar dentro de sí
mismos, y no en una ubicación física. Por esta razón, el protagonista se
traslada a Estados Unidos a vivir, no para estar lejos de Israel, sino para
estar lejos de ese ser deshumanizado en el que llegó a convertirse, y por esta razón, también, el
agente del Mossad que lo visita en Nueva York rechaza su invitación de comer en
su casa, puesto que se trata de un personaje sucumbido a la deshumanización.
Si
visionamos de vuelta “Salvar al soldado Ryan”, veremos que hay un momento de la
película que realiza el mismo planteamiento. Se trata de la secuencia en la que
el escuadrón que comanda el personaje interpretado por Tom Hanks captura a un
soldado nazi que, en un intercambio de disparos, abate a un soldado americano. Este
hecho depara un momento de mucha tensión entre los miembros del batallón,
puesto que unos abogan por ejecutarlo allí mismo, mientras otros apelan a la
sensatez y reclaman clemencia por el soldado nazi. Tom Hanks contempla
impasible la escena hasta que, finalmente, decide intervenir. Para ello recurre
a un pequeño circunloquio que tiene su origen en una apuesta abierta entre los
soldados americanos, en la cual cada uno se aventuraba a descubrir cuál era el
oficio del personaje de Tom Hanks antes de embarcarse en aquella cruel guerra. En
aquel preciso momento desvela que él era profesor, lo cual sorprende a todos
porque nadie lo había apuntado en la apuesta, y en un discurso lleno de
nostalgia manifiesta que su único anhelo consiste en volver a ser el de antes,
es decir, recuperar su humanidad perdida en la guerra. La misión que les han
encargado, recoger al único superviviente de cuatro hermanos para trasladarlo a
su país, supone para él un acto de docilidad entre tanta barbarie, y sentencia
con esta frase: “Si cumplo esta misión, podré volver a casa”. Insisto, la casa
no es un lugar físico, sino que es una dimensión espiritual, un lugar donde recuperar
su humanidad y volver a ser profesor.
Quizá,
partiendo de esta teoría, el leitmotiv de ET “mi casa” sea algo más que una
frase trivial.

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