El cine nació como teatro, y como
tal se desenvolvió durante sus primeros años, aquéllos en los que su narrativa se
enmarca dentro del Modelo de Representación Primitivo, término acuñado por Nöel
Burch para referirse a las estructuras fílmicas basadas en una concepción
espacio-temporal eminentemente teatral. La concepción clasista inherente a la
burguesía consideraba el teatro una expresión excelsa, al mismo tiempo que el
cine era un espectáculo de feria adecuado para las clases iletradas; por este
motivo la industria cinematográfica intentó seducir el paladar burgués con la
transposición de obras teatrales de prestigio. En Francia, los hermanos Lafitte
fundaron en 1908 la sociedad productora “Film d’Art”, con la finalidad de
enaltecer el espectáculo cinematográfico con las obras teatrales clásicas,
escritas e interpretadas por nombres ilustres de la escena teatral francesa. El
resultado de esta experiencia fue poco productiva para el desarrollo del
lenguaje fílmico, porque frenaba la tenue evolución del nuevo arte al instalar
una cámara inmóvil en la platea con el fin de fotografiar una dramaturgia.
Mientras tanto, en el otro lado
del Atlántico, David Wark Griffith abrió una senda nueva que le permitió al
cine emanciparse del teatro. A partir del estilo narrativo de la novela
decimonónica, fundamentalmente Charles Dickens, el cineasta norteamericano
logró dotar al cine de un lenguaje propio, sustituyendo la puesta en forma
teatral por una puesta en forma cinematográfica. Nacía así, el Modelo de
Representación Institucional, hegemónico en la narrativa fílmica hasta nuestros
días.
Los primeros años del cine sonoro
hicieron retroceder el cine a una puesta en escena teatral. El dinamismo que la
cámara alcanzó durante la década de los veinte se vio suplantada, por motivos
técnicos, por el estatismo. Además, la posibilidad de hacer hablar a los
personajes convirtió a los largometrajes en verborreas, otorgando a la palabra
una importancia superior a la imagen. Paulatinamente, el cine se fue
recuperando de esta regresión hasta recuperar su independencia narrativa. En los
años cuarenta, un avance técnico como la profundidad de campo posibilitó una
concepción teatralizante gracias a los planos secuencias que generalizaron
directores de la talla de Orson Welles y William Wyler. Sus obras fílmicas
retratan conciencias de personajes teatrales, pero en una intimidad que el
teatro no puede ofrecer. Por su banda, el arte cinematográfico tiene la
capacidad, mediante los primeros planos, de registrar los gestos del rostro y
los murmullos desde una proximidad inusitada, de tal forma que nos acerca a una
filmografía psicologista que se enmarca dentro de un contexto socio-político,
determinado por el retorno de los soldados de la II Guerra Mundial en un estado
de trauma que viene motivado por lo sufrido en el campo de batalla. Los mejores años de nuestra vida de
William Wyler es un título que ejemplifica este planteamiento.
La renovación teatral que llevaron
a cabo dramaturgos como Bertolt Brech, Henrik Ibsen, Eugène Ionesco y Luigi Pirandello
proponía una escenificación fuera de la naturalidad, de la ilusión, en una
concepción contraria al cine clásico. Estas propuestas serían las que
posteriormente, en la década de los sesenta y setenta, influirían sobremanera
en el conocido como “cine moderno”. Cineastas franceses (Jean Luc Godard, Alain
Resnais, Alain Robe-Grillet) e italianos (adoptaron algunos conceptos
narrativos que les iba a permitir construir un lenguaje alternativo al Modelo
de Representación Institucional.
Finalmente, una mirada del cine
actual pretende resarcirse de una imagen devaluada por el cine comercial a
través de la autorreferencialidad. Se aborda una puesta en forma del film desde
una estética explícitamente teatral. En este contexto surgen títulos como La flauta mágica de Ingmar Bergman, Bodas de sangre de Carlos Saura, o más
recientemente Dogville de Lars Von
Trier.

No hay comentarios:
Publicar un comentario