viernes, 19 de octubre de 2012

Reseña "Cine y exilio" de José Luis Castro de Paz


Si tuviésemos que definir el contenido de este breve pero penetrante libro de José Luis Castro de Paz con una sola palabra, lo más acertado sería recurrir al título que encabeza el prólogo con el que Santos Zunzunegui nos presenta esta publicación: la cicatriz. Bajo el título Cine y Exilio. Forma(s) de la Ausencia, Castro de Paz obsequia al lector un magnífico estudio sobre la profunda herida que la guerra civil ha dejado en la conciencia colectiva de nuestro país, y que ha quedado plasmada en la tradición cinematográfica española. El exilio sea, quizá, la herida más dolorosa y perenne de todas las ocasionadas por ese acto de barbarie que tuvo lugar en el año de desgracia de 1936, y que, además, acarreó una posguerra no menos sanguinaria. Es precisamente este drama, el exilio, el hilo conductor que el autor utiliza para hilvanar las páginas de su libro y que, como amante apasionado de las imágenes, retrata de un modo muy visual  en la introducción: “…la más dolorosa procesión, incesante y herida, de gentes humilladas y mutiladas, apenas sin rasgos y sin nombre, exiliándose por las zonas fronterizas, abandonando para siempre su país y dejando a su paso tan profundas cicatrices en la dolorida tierra española que las cámaras – incluso de las de los más aparentemente franquistas – no podrán dejar de notar, aun sin quererlo, su ominosa presencia”. Indudablemente, como nos advierte el propio autor, esta imagen del exilio ha sido inmortalizada de forma magistral por André Malraux en Sierra de Teruel (1939).

           Ahora bien, el aspecto más novedoso e interesante del libro resida en la distinción que el autor realiza entre dos tipos de exilio, el exilio exterior y el exilio interior. El primer tipo es el que todos tenemos en mente, el que han sufrido miles de españoles tras el último parte de guerra fechado en Burgos el 1 de abril de 1939. Mientras, el segundo tipo de exilio, el interior, es aquel que reside en la conciencia, y que somete a los individuos a un estado de perpetua nostalgia, de permanente melancolía por el tiempo perdido. Como ejemplos fílmicos de estos dos tipos de exilio, el autor ha seleccionado dos películas memorables: En el balcón vacío y El espíritu de la colmena.
           La primera de ellas, quizá, sea más desconocida para el espectador medio, por ello el libro de Castro de Paz se convierte en una acto vindicativo de esta obra cinematográfica. Una vez leído el primer capítulo del libro, en el que se analiza dicho filme, resulta inevitable buscar, rastrear, sondear las colecciones públicas y privadas con el objetivo de encontrar En el balcón vacío y poder visionarlo. Es tanta la pasión que el autor despliega en el análisis de la película que todos los lectores sentirán una obligación casi mística de verla, tanto en el caso de que nunca la hayan visto, como en el supuesto contrario.
           En el balcón vacío es una película de Jomí García Ascot del año 1962 que el propio Castro de Paz califica como “auténtica obra maestra del cine español en el exilio”. Se trata de un filme realizado en México a partir de los apuntes autobiográficos de María Luisa Elío, esposa del director e hija de un juez municipal de Pamplona arrestado al inicio del pronunciamiento de 1936. La adaptación de dichas notas autobiográficas corrió a cargo de García Ascot, María Luisa Elío y García Riera, todos ellos hijos de exiliados. Además, la mayoría de los actores son amateurs, no profesionales, que intervienen de forma gratuita y cuentan con el añadido de que ellos también son hijos de exiliados. Con un presupuesto irrisorio, García Ascot logra poner en pie un fresco en movimiento que la mirada analítica de Castro de Paz atraviesa para poner de relieve el esqueleto de una gran metáfora de la nostalgia.
           Mediante un análisis pormenorizado de todas las vertientes que una imagen cinematográfica ofrece al ojo humano, el autor, como si de un proceso psicoanalítico se tratase, va sacando a la superficie todos los fantasmas ocultos en la conciencia de los exiliados. En apoyo a sus interpretaciones, Castro de Paz, colma las páginas de su libro de citas y comentarios de otros autores que enriquecen el análisis, y es que otro de los grandes valores de esta obra es la calidad de sus notas, que permiten al lector interesado una eficaz comprensión del texto, y la posibilidad de continuar ahondando en el tema tratado mediante la consulta de otras fuentes, tanto escritas como visuales.

           La segunda película analizada en el libro es El espíritu de la colmena, la enigmática obra dirigida por Víctor Erice en 1973, y que Castro de Paz seleccionó como ejemplo paradigmático de cine del exilio interior. Antes de adentrarse en el análisis del filme de Erice, el autor nos desvela una serie de títulos de la cinematografía española en los que la metaforización de las heridas de la Guerra Civil crea un vínculo común entre ellos: La sirena negra (Calos Serrano de Osma, 1947), Vida en sombras (Lorenzo Llobet-Gràcia, 1948), Un hombre va por el camino (Manuel Mur Oti, 1949) y Marcelino pan y vino (Ladislao Vajda, 1955). Pero, según palabras del autor, el filme que establece los lazos más estrechos con El espíritu de la colmena es, como no, En el balcón vacío.
 Estos dos primeros capítulos del libro resultan un alarde de microanálisis cinematográfico, una lección magistral para todas aquellas personas que pretendan profundizar en su capacidad para interpretar los parámetros de la imagen en movimiento.
 Finalmente, en el tercer y último capítulo, de extensión más reducida que las anteriores, el autor homenajea a uno de los rostros más conocidos del exilio. Ya no sólo porque su trayectoria interpretativa adquiriese una relevancia internacional, sino, también, por tratarse de la hija de Santiago Casares Quiroga, primer ministro de la II República en el momento del pronunciamiento. Hablamos, como no, de María Casares. La actriz coruñesa huyó a Francia y desde allí, mostró al mundo entero, a través de sus interpretaciones, el rostro marcado por la herida del exilio. De nuevo, en este capítulo sale a relucir una emotividad en las palabras del autor que nos empujan irremisiblemente a la comprobación directa, al visionado de las películas que la actriz protagonizó en Francia junto a algunos de los directores más relevantes del país vecino.
 En definitiva, la obra de José Luis Castro es algo más que un simple libro sobre cine, es, sobre todo, un homenaje a todas las víctimas de la sublevación militar del 36.

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