miércoles, 3 de octubre de 2012

El placer de leer. Desayuno en Tiffany´s


“Es la película con los actores menos apropiados que he visto jamás. Me dio ganas de vomitar. Como Mickey Rooney interpretando al fotógrafo japonés. Bueno, yo incluía efectivamente en el libro a un fotógrafo japonés, pero desde luego no era Mickey Rooney. Y aunque tengo mucho cariño a Audrey Hepburn y es muy buena amiga mía, me quedé sorprendido y me enfadé mucho cuando le dieron ese papel. Fue alta traición por parte de los productores. No cumplieron una sola de las promesas. Tuve montones de ofertas por ese libro de prácticamente todo el mundo, y se lo vendí a ese grupo de la Paramount porque me prometieron cosas, hicieron una lista de todo y no cumplieron absolutamente nada. El día que firmé el contrato cambiaron e hicieron exactamente lo contrario. Escogieron a un director desastroso como Blake Edwards, a quien podría escupir en la cara”.

Con esta contundencia se manifestó Truman Capote sobre la adaptación cinematográfica de su novela breve “Desayuno en Tiffany’s”. Exabrupto que, una vez leída la obra literaria, es fácilmente justificable por mucho que Blake Edwards haya logrado construir una de las comedias románticas más aclamadas del cine hollywoodiense. Todos los cambios que el guión de George Axelrod ha ido infligiendo a la historia original, van encaminadas a satisfacer las demandas de la industria cinematográfica, siempre condescendiente con un modelo consolidado y refrendado por unos precedentes sacralizados por obra y gracia de la recaudación en taquilla. El giro que presenta la película en relación con la novela en su desenlace ejemplifica la obsesión de Hollywood por el happy end, aunque, en este caso, no todas las transformaciones son tan visibles. Muchas de ellas se articulan en la estructura, en la parte del discurso, en el cómo contar la historia, por lo que únicamente un análisis un poco más sosegado puede ponerlas de relieve. Vayamos por partes.
Para empezar, la novela se expone a partir de una analepsis (lo que en narrativa cinematográfica llamamos flashback) que desencadena un hecho del presente: una fotografía de un tótem con el rostro de Holly Golightly en una tribu perdida en el continente africano. Es entonces cuando, mediante una narración en primera persona, el escritor Paul Varjack (interpretado por George Peppard en la película) nos cuenta quién era Holly. De partida, sabemos que ambos personajes no han acabado juntos, que su relación no ha sido consumada, algo que, a medida que avanza el relato escrito, jamás se ha convertido en expectativa, puesto que el relato de Paul se realiza desde una estricta objetividad, sin que en ningún momento se manifieste, explícita o implícitamente, un enamoramiento (algunos críticos han afirmado que el personaje del escritor no es más que un alter ego de Truman Capote, razón por la cual, esa objetividad y frialdad a la hora de describir a Holly era fruto de esa nunca desmentida homosexualidad del autor). Este tipo de estructura basada en la analepsis condiciona la percepción del relato, puesto que el lector se plantea a la hora de enfrentarse al argumento a una serie de cuestiones centradas en el personaje y no en la historia, es decir, el lector ya no se formula la siguiente pregunta ¿qué pasará?, puesto que esa información ya se le ha suministrado al inicio, sino que su curiosidad se centra en el personaje, en intentar averiguar su personalidad y los acontecimientos que la empujan a comportarse de tal forma. En cambio, la adaptación cinematográfica suprime el flashback y se decanta por una estructura lineal, totalmente clásica, que hace avanzar la historia siguiendo un orden cronológico desde un presente hacia delante, con lo cual, ahora sí, al espectador se le seduce mediante la creación de unas expectativas y la resolución de la pregunta ¿qué pasará?
Ahora bien, para dar coherencia a esa estructura lineal, es necesario cambiar la vertiente descriptiva de la novela (el lector advertirá que no pasa nada en la obra de Capote)  por una vertiente narrativa, y para ello es necesario incluir una serie de cánones ineludibles en el relato hollywoodiense. Entonces, se hace imprescindible convertir a Paul, que pasa de ser un simple observador en la novela a convertirse en el protagonista masculino que anhelará el amor de Holly. Ya tenemos pues el esquema clásico de la comedia romántica hollywoodiense: chico conoce a chica, chico se enamora de la chica, chico intenta seducir a la chica, chico consigue el amor de la chica. Tan clásico como conservador.


Otra de las grandes traiciones de la adaptación es la subversión del mensaje feminista de la novela por un planteamiento misógino. Truman Capote nos había descrito a una mujer joven (18 años) que intenta mantenerse libre, sin ningún tipo de ataduras, sobre todo aquellas que se derivan de una concepción tradicional de la familia: casarse y montar un hogar. Holly no es más que un pájaro que rechaza vivir enjaulada y que consigue hasta sus últimas consecuencias manifestadas en su estancia en África. Sin embargo, la versión cinematográfica cierra la historia con la derrota de la protagonista femenina, que sucumbe a la petición de Paul y, en el último instante, decide quedarse con él para iniciar una relación, es decir, acaba por ingresar en la jaula. Lo que en origen fue un canto a la libertad femenina, acabó por convertirse en un acto de sumisión a los postulados de la vida convencional.
Como vemos, es comprensible el enfado de Truman Capote. Llegó a declarar que Audrey Hepburn dulcificó a propósito el personaje, mucho más irreverente y descarado en la novela, para no perjudicar su imagen pública. De ahí, que el escritor, el creador de esa involuntaria rompecorazones de cruel inocencia, se sintiera herido y abandonado al ver la película, como una víctima más de Holly Golightly.

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