“Es la película con los actores
menos apropiados que he visto jamás. Me dio ganas de vomitar. Como Mickey
Rooney interpretando al fotógrafo japonés. Bueno, yo incluía efectivamente en
el libro a un fotógrafo japonés, pero desde luego no era Mickey Rooney. Y
aunque tengo mucho cariño a Audrey Hepburn y es muy buena amiga mía, me quedé
sorprendido y me enfadé mucho cuando le dieron ese papel. Fue alta traición por
parte de los productores. No cumplieron una sola de las promesas. Tuve montones
de ofertas por ese libro de prácticamente todo el mundo, y se lo vendí a ese
grupo de la Paramount porque me prometieron cosas, hicieron una lista de todo y
no cumplieron absolutamente nada. El día que firmé el contrato cambiaron e
hicieron exactamente lo contrario. Escogieron a un director desastroso como
Blake Edwards, a quien podría escupir en la cara”.
Con esta contundencia se
manifestó Truman Capote sobre la adaptación cinematográfica de su novela breve
“Desayuno en Tiffany’s”. Exabrupto que, una vez leída la obra literaria, es
fácilmente justificable por mucho que Blake Edwards haya logrado construir una
de las comedias románticas más aclamadas del cine hollywoodiense. Todos los
cambios que el guión de George Axelrod ha ido infligiendo a la historia
original, van encaminadas a satisfacer las demandas de la industria
cinematográfica, siempre condescendiente con un modelo consolidado y refrendado
por unos precedentes sacralizados por obra y gracia de la recaudación en
taquilla. El giro que presenta la película en relación con la novela en su
desenlace ejemplifica la obsesión de Hollywood por el happy end, aunque, en este caso, no todas las transformaciones son
tan visibles. Muchas de ellas se articulan en la estructura, en la parte del
discurso, en el cómo contar la
historia, por lo que únicamente un análisis un poco más sosegado puede ponerlas
de relieve. Vayamos por partes.
Para empezar, la novela se expone
a partir de una analepsis (lo que en narrativa cinematográfica llamamos
flashback) que desencadena un hecho del presente: una fotografía de un tótem con
el rostro de Holly Golightly en una tribu perdida en el continente africano. Es
entonces cuando, mediante una narración en primera persona, el escritor Paul
Varjack (interpretado por George Peppard en la película) nos cuenta quién era
Holly. De partida, sabemos que ambos personajes no han acabado juntos, que su
relación no ha sido consumada, algo que, a medida que avanza el relato escrito,
jamás se ha convertido en expectativa, puesto que el relato de Paul se realiza
desde una estricta objetividad, sin que en ningún momento se manifieste,
explícita o implícitamente, un enamoramiento (algunos críticos han afirmado que
el personaje del escritor no es más que un alter
ego de Truman Capote, razón por la cual, esa objetividad y frialdad a la
hora de describir a Holly era fruto de esa nunca desmentida homosexualidad del
autor). Este tipo de estructura basada en la analepsis condiciona la percepción
del relato, puesto que el lector se plantea a la hora de enfrentarse al argumento
a una serie de cuestiones centradas en el personaje y no en la historia, es
decir, el lector ya no se formula la siguiente pregunta ¿qué pasará?, puesto que esa información ya se le ha suministrado
al inicio, sino que su curiosidad se centra en el personaje, en intentar
averiguar su personalidad y los acontecimientos que la empujan a comportarse de
tal forma. En cambio, la adaptación cinematográfica suprime el flashback y se
decanta por una estructura lineal, totalmente clásica, que hace avanzar la historia
siguiendo un orden cronológico desde un presente hacia delante, con lo cual,
ahora sí, al espectador se le seduce mediante la creación de unas expectativas
y la resolución de la pregunta ¿qué
pasará?
Ahora bien, para dar coherencia a
esa estructura lineal, es necesario cambiar la vertiente descriptiva de la
novela (el lector advertirá que no pasa nada en la obra de Capote) por una vertiente narrativa, y para ello es necesario
incluir una serie de cánones ineludibles en el relato hollywoodiense. Entonces,
se hace imprescindible convertir a Paul, que pasa de ser un simple observador
en la novela a convertirse en el protagonista masculino que anhelará el amor de
Holly. Ya tenemos pues el esquema clásico de la comedia romántica
hollywoodiense: chico conoce a chica, chico se enamora de la chica, chico
intenta seducir a la chica, chico consigue el amor de la chica. Tan clásico
como conservador.
Otra de las grandes traiciones de
la adaptación es la subversión del mensaje feminista de la novela por un
planteamiento misógino. Truman Capote nos había descrito a una mujer joven (18
años) que intenta mantenerse libre, sin ningún tipo de ataduras, sobre todo
aquellas que se derivan de una concepción tradicional de la familia: casarse y
montar un hogar. Holly no es más que un pájaro que rechaza vivir enjaulada y
que consigue hasta sus últimas consecuencias manifestadas en su estancia en
África. Sin embargo, la versión cinematográfica cierra la historia con la
derrota de la protagonista femenina, que sucumbe a la petición de Paul y, en el
último instante, decide quedarse con él para iniciar una relación, es decir,
acaba por ingresar en la jaula. Lo que en origen fue un canto a la libertad
femenina, acabó por convertirse en un acto de sumisión a los postulados de la
vida convencional.
Como vemos, es comprensible el
enfado de Truman Capote. Llegó a declarar que Audrey Hepburn dulcificó a
propósito el personaje, mucho más irreverente y descarado en la novela, para no
perjudicar su imagen pública. De ahí, que el escritor, el creador de esa
involuntaria rompecorazones de cruel inocencia, se sintiera herido y abandonado
al ver la película, como una víctima más de Holly Golightly.

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