La
última película dirigida y escrita por Paul Auster, “La vida interior de Martin
Frost” (The inner life of Martin Frost), recorrió varias etapas en su gestación
hasta alcanzar su acabado final como obra fílmica en el año 2007. La idea
inicial surgió en 1999 como un mediametraje de media hora de duración que pasaría
a integrarse dentro de un proyecto más amplio de doce productos dirigidos por
distintos realizadores, todo ello promovido por una productora alemana. No
obstante, una serie de circunstancias presupuestarias impide la concreción del
proyecto y, finalmente, acaba por desestimarse. Aplazada tal empresa, Paul
Auster regresa al quehacer literario con “El libro de las ilusiones” (The book
of illusions), donde narra la historia de David Zimmer, un profesor que
investiga la carrera cinematográfica de Hector Mann y que, justo antes de la
muerte de éste, consigue ver una de sus últimas películas, jamás proyectada al
público, antes de que toda su obra sea incinerada en un crematorio, siguiendo
la última voluntad del director. Paul Auster decide recuperar el guión de “La
vida interior de Martin Frost” para insertarlo en ese punto concreto de la
novela como el filme de Hector Mann que David Zimmer logra visionar antes de
convertirse en pasto de las llamas.
“La
vida interior de Martin Frost” cuenta el relato de un escritor que se retira
unos días a una tranquila casa de campo, propiedad de un matrimonio amigo que
se encuentra de viaje, para tomarse unos días de descanso tras haber concluido
su última novela. Martin no tiene más intención que pasear por el campo y
desconectar de su faceta literaria, pero enseguida siente una llamada en su
interior que le empuja a sentarse frente a una vieja máquina de escribir y
abordar la escritura de una nueva narración breve. Una mañana ocurre algo
inesperado e inexplicable: una joven despierta a su lado en la cama. Tras unos
instantes de sorpresa e incredulidad, el malentendido aparentemente se deshace
cuando la joven, Claire Martin, asegura ser sobrina de los propietarios de la
casa. Con el paso de los días, ambos huéspedes estrechan lazos e intiman hasta
el punto de convertirse en amantes, pero justo cuando la relación parecía
encontrarse en el punto más satisfactorio Martin descubre que Claire le ha
mentido acerca de su identidad. No es quién dice ser ¿Quién es entonces esa
misteriosa mujer que se ha irrumpido en su vida? Las preguntas de Martin sólo
reciben respuestas imprecisas de boca de Claire, que no hacen más que aumentar
su desconcierto. Finalmente, llega a la conclusión de que es inútil seguir indagando
y se resigna a la desconcertante presencia de Claire. Martin continúa la
escritura de su relato a un ritmo óptimo, gracias a una corriente de inspiración
que, desde la llegada de Claire, fluye con soltura. Cierto día, la joven sufre
un ligero desmayo que la obliga a guardar reposo en su cama, convaleciente de
una dolencia de causas desconocidas que, curiosamente, se va agravando a medida
que Martin prospera en su relato, hasta que, finalmente, las últimas palabras
que teclea en la máquina de escribir coinciden con los últimos suspiros de
Claire antes de fallecer. Es entonces cuando Martin resuelve el enigma y se
percata de que la joven es una musa que ha estado alumbrando su inspiración y
que, finalizado el relato, ha cumplido su cometido y por lo tanto debe de dejar
de existir. No obstante, el protagonista se resiste a acatar el veredicto final
de su destino y arroja los folios mecanografiados de su relato a la chimenea,
logrando, de este modo, resucitar a Claire.
Con
este final se cierra la historia del guión concebido para el proyecto del
mediometraje y recuperado para
intercalarlo en “El libro de las ilusiones”. Sin embargo, Paul Auster añade un
punto y seguido en la versión cinematográfica y prolonga la narración añadiendo
un nuevo desenlace. Cuando Martin quema su relato para devolverle a Claire la
vida, ha desafiado a los encargados de velar por el cumplimiento de una serie
de normas sagradas, ante lo cual han decidido infligir un castigo a ambos: no
podrán volver a verse. A partir de este momento, Martin sólo podrá contactar
con Claire a través de los sueños, hasta que finalmente el castigo es levantado
y ella recibe el permiso para irse con Martin a Nueva York en su coche, bajo la
única condición de que éste no la vea directamente, solamente podrá hacerlo a
través del espejo retrovisor.
Tal
y como se desprende de la sinopsis, “La vida interior de Martin Frost” supone
una revisión del mito de Orfeo, el poeta y músico capaz de amansar a las fieras
con el sonido de la lira que Apolo le regaló. Un día, su mujer Eurídice se
encontró con Aristeo, quien trató de forzarla, y en la huída la mordedura de
una serpiente provocó su muerte. Orfeo descendió al Tártaro para rescatarla y,
tras encantar con su música al barquero Caronte, al Can Cerbero, a los tres
jueces de los muertos y a Hades, le fue concedida la posibilidad de llevar a
Eurídice de vuelta al mundo de los mortales con una condición: Orfeo no debía
mirar atrás hasta que Eurídice no se hallase a salvo bajo la luz del sol. Sin
embargo, Orfeo fue incapaz de contener su curiosidad y se volvió para ver a
Eurídice, perdiéndola para siempre.
En
este punto, se revela con nitidez el vínculo existente entre “La vida interior
de Martin Frost” y “Vértigo” de Alfred Hitchcock, a partir de las revisiones
que ambos filmes hacen del mito Orfeo, pero antes de profundizar en tales equivalencias
intentaremos describir, a grandes rasgos, algunos aspectos del proceso narrativo
de Paul Auster en su faceta de autor literario que, posteriormente, plasmará en
composición del relato fílmico que nos ocupa.
Afirmar
que la gran característica de su escritura radica en un engranaje narrativo
basado en la variedad de los niveles de narración supone hacerse eco de una
obviedad extendida. Sus relatos son una sucesión de narraciones dentro de otras
narraciones que a su vez se encuentran enmarcadas en otras narraciones. Y no
sólo eso, sino que muchas veces estos distintos niveles de narración
interactúan entre sí dando a pie a una confluencia de historias y narradores,
hasta el punto de conseguir borrar la finísima línea que separa el hecho real
del hecho ficcional. Esta influencia cervantina es su elemento más
identificativo y dan pie historias que deambulan por esa frontera indeterminada
entre la ficción y la realidad, donde cobra vida su universo literario. Las
narraciones de Auster parecen avanzar por pasillos que se bifurcan y se cruzan,
que comunican con puertas que dan a nuevos corredores o a nuevas habitaciones, o
en puertas que se abren y se cierran y que a su vez confluyen en más pasillos y
en nuevas estancias, edificando una estructura compleja donde subyace el placer
por la narración. En referencia a El
libro de las ilusiones, Eduardo Urbina afirmaba lo siguiente:
Como podría fácilmente
adivinarse por su título, la novela de Auster es una obra metaficcional basada
en la progresiva construcción y relato de una serie de historias a través de
las cuales, y de lo que representan como ilusiones (i.e., apariencias,
representaciones, engaños), escapan su soledad y su abandono. Narradores y
personajes alternan papeles para descubrir en sus búsquedas y encuentros la
verdad sobre misterios ajenos y verdades propias[1].
Los personajes de sus
novelas suelen ser escritores que se afanan en profundizar en los misterios de
la creación literaria, se ofuscan cuando
su inspiración se nubla e irradian satisfacción cuando logran sacar adelante
una nueva obra, aunque muchas veces el simple relato oral de un suceso
transmite un placer indescriptible[2]. Paul Auster exploran en
la actividad creativa de la escritura y el poder que posee para terciar en la
vida real del autor:
Pero lo cierto es que el
sentido final de sus historias radica y se centra, como hemos señalado antes,
en el misterio mismo de la escritura y del poder de la palabra escrita y de
ahí, en consecuencia, en el proceso de creación como vehículo de realización
individual y posibilidad informativa de hacer frente a la soledad y el azar, a
la causalidad y al abandono, como parte esencial de su labor como escritor[3].
En esta misma dirección
se expresa Paul Auster en “Ciudad de cristal” (relato integrado dentro de
“Trilogía de Nueva York”) “las historias sólo suceden a quienes son capaces de
contarlas”[4], o lo que es lo mismo, todas
las historias asumen un grado de verismo para el autor tan acentuado que puede
llegar a convertirse en un acontecimiento tan real como el propio mundo que le
rodea. El protagonista de El libro de las
ilusiones confiesa a Hector Mann que sus películas le han salvado la vida
cuando se encontraba inmerso en un profundo estado depresivo tras la muerte de
su mujer y su hijo. Así como también, en La
noche del oráculo, el teniente inglés Lemuel Flagg se suicida al comprobar
que su profecía se hace realidad. Igual de llamativo resulta comprobar cómo en
esta misma novela, el protagonista, Sydney Orr, no es capaz de proseguir con su
nuevo libro cuando su personaje queda encerrado en una cámara antinuclear sin
posibilidad de salir, ambos han quedado
cercados, uno en el habitáculo y otro en su novela. No hay frontera que
delimite el mundo real del mundo imaginario puesto que en torno a la escritura
se establecen unos vasos comunicantes que origina la fusión de ambos mundos.
Sucede entonces que la vida real se presenta al mismo nivel que la historia de
ficción, es decir, el mundo subjetivo del escritor durante la concepción del
relato se equipara al mundo objetivo, lo cual nos lleva, salvando las
distancias y teniendo presente ciertos matices, a introducir otro paralelismo,
esta vez con el movimiento surrealista, que en su manifiesto clamaba por la
equivalencia absoluta entre el mundo real y el mundo del inconsciente. Sin la
necesidad de remitirnos a ejemplos lejanos, esta identificación con el
surrealismo se estrecha un poco más al comprobar que “La vida interior de
Martin Frost” trata el gran tema del movimiento surrealista: el amor fou; ese
amor capaz de desafiar cualquier barrera, incluso la de la muerte.
Una
vez expuesto este breve preámbulo, el análisis del largometraje que nos ocupa
se abre con el prisma que incide objetividad versus subjetividad de la mirada
austeriana. “La vida interior de Martin Frost” cuenta una historia que acontece
en la mente de un personaje (Martin), pero que es narrada por una voz over
externa con el complemento visual de una realización que alterna la
planificación externa (objetiva) y la planificación interna (subjetiva). David
Zimmer, el protagonista de “El libro de las ilusiones”, al ver por primera y
única vez la película de Hector Mann, inicialmente su mirada parece sufrir un
ligero desconcierto debido a que el paisaje que rodea al filme es el mismo en
el que se encuentra en ese momento:
Si la película se hubiese filmado en cualquier otro sitio,
puede que no hubiera sido tan lento de entendederas. La inmediatez del paisaje
me desconcertó, y durante los primeros minutos debí luchar contra la impresión
de que estaba viendo una película casera, muy elaborada y habilidosa. La casa
de la película era la casa de Hector y Frieda, el jardín era su jardín, la
carretera era su carretera. Incluso salían los árboles de Hector; con un
aspecto más joven y descarnado que ahora, quizá, pero seguían siendo los mismos
frente a los que había pasado de camino al edificio de posproducción no hacía
ni diez minutos. Salía la habitación en la que yo había dormido, la piedra en
la que había visto posarse a la mariposa, la mesa de la cocina de la que Frieda
se había levantado para contestar al teléfono[5].
Es decir, el personaje se
siente un tanto desorientado durante los primeros compases de la proyección
porque el entorno espacial le resulta tan cercano que le empuja hacia una
percepción realista, cuando realmente las imágenes que discurren ante sus ojos
han sido forjadas por la mente del protagonista. La subjetividad que desprenden
las imágenes colisiona con el contacto directo que David Zimmer ha mantenido
con el entorno que ambiente el filme, de tal manera que durante los primeros
minutos de proyección su percepción sufre un ligero desajuste:
Hasta que empezó a proyectarse la película en la pantalla
frente a mis ojos, todas esas cosas habían sido reales. Ahora, en las imágenes
en blanco y negro salidas de la cámara de Charlie Grund, se habían convertido
en elementos de un mundo de ficción[6].
Lo que para David Zimmer,
unos minutos antes, pertenecían a la esfera de lo real, se había convertido en
un escenario que no sólo envolvía una historia de ficción, sino que esa
historia de ficción tenía lugar en la mente del protagonista. Es decir,
con el apagón de luces en la sala de
proyección, David Zimmer pasó de estar instalado en una realidad objetiva, a
sumergirse en la interioridad subjetiva de un personaje de ficción. En lo
referente a la dimensión subjetiva de la historia, Paul Auster se expresa con
claridad al comentar el tipo de ambientación espacial que pretendió reproducir
en su largometraje:
Mais no que se refire á situación remota do escenario en que
ten lugar a historia (…), o certo é que quería crear un ambiente que suxerise
outra dimensión, un lugar que puidese estar en calquera parte, un escenario que
dese a impresión de existir fóra do tempo. A fin de contas, a acción
desenvólvese na mente da Martin; ao escoller a casa que escollín, un recinto de
pequeñas dimensións illado do resto do mundo, pareceume que lograría pór de
relevo a interioridade da historia[7].
Esta afirmación viene a confirmar el vínculo
que se establece entre la caracterización espacial y el porte intimista de la
historia, ya que gracias al aislamiento de la casa y al paisaje natural de los aledaños
enseguida se sumerge el protagonista en lo más profundo de su interioridad para
ponerse a escribir. De hecho, durante una conversación desenfadada con Claire
en el jardín de la casa, suena un teléfono y Martin exclama que se trata del
mundo exterior, aludiendo al significado simbólico que adquiere en contraste
con el mundo interior, sin olvidar que el filme se inicia con una puerta que se
abre y por donde entra el personaje, al cual la cámara lo espera dentro de la
casa. Ahora bien, este planteamiento metafórico de la cabaña como mundo
interior depara una cabriola interpretativa cuando reparamos en que los dueños
de la casa, es decir, los dueños de, en términos alegóricos, esa interioridad
no es Martin Frost, sino que son Jack y Diane Restau, que, por las fotos que
nos ofrece el lento travelling que recorre la casa hasta llegar a la puerta
vemos que se trata de Paul Auster, el autor del guión y la película, por lo
tanto ¿dentro de qué subjetividad estamos introduciéndonos? ¿La del autor o la
del personaje? Las fotos del director son algo más que un simple cameo a
imitación de Alfred Hitchcock, sino que busca rizar todavía más el rizo de la
ambigüedad entre subjetividad y objetividad.
Una variante narrativa
entre el relato insertado de la novela y el filme de Paul Auster estriba en el
cambio de la voz over, mientras en la novela ésta pertenece a un narrador en
primera persona, en la película esa voz corresponde a una instancia narrativa
en tercera persona. Esta modificación permite un análisis comparado entre ambas
soluciones que, por contraste, hace más visible los efectos de cada una de
ellas. Así, con la primera persona se da a conocer un mundo interior que sale a
la superficie, es decir, un movimiento de dentro hacia fuera, mientras que por
su parte la tercera persona desarrolla una descripción de la subjetividad, se
prende al espectador para sumergirlo en ese mundo, representando un movimiento
de fuera hacia dentro.
Existe
un breve fragmento en “La vida interior de Martin Frost” que ilustra con
fidelidad la fusión entre objetividad y subjetividad, la primera plasmada
mediante la voz over, es decir, el relato del narrador externo, y la segunda
plasmada por la mente del personaje protagonista. El pasaje en concreto nos
presenta a Martin preparándose para iniciar la escritura de su nuevo relato.
Como si de un ritual se tratase, se sienta en el escritorio y ordena con
solicitud los objetos necesarios para la tarea. Justo cuando empieza a teclear
las primeras palabras en la vieja máquina de escribir se oye la voz del
narrador: “No era el aparato más moderno del mundo… pero funcionaba”. Cuando
termina el tecleo, la cámara recoge con un plano subjetivo lo que acaba de
escribir el personaje, que resulta ser textualmente la misma frase que acaba de
pronunciar el relato. Algo extraño ha pasado, la narración externa coincide
exactamente con lo que el personaje ha escrito. ¿Quizá narrador y personaje
piensan lo mismo y mientras uno lo expresa a través del relato oral el otro hace
lo propio con la máquina de escribir? ¿Somos capaces de establecer una nítida
frontera entre ambas instancias? Guiados por una primera impresión, se podría
llegar a concluir que nos encontramos ante un ejemplo de estilo indirecto
libre, pero una observación posterior rechazaría esta simplificación, puesto
que en el estilo indirecto libre adquiere mayor presencia la autoría del
personaje, pero en este caso concreto el relato parece ser obra del narrador
más que del personaje de Martin. Esta fusión de puntos de vista vuelve a
aparecer en escena en el largometraje, pero esta vez lo hace mediante un
recurso puramente visual. La secuencia es la siguiente:
Tras
un fundido a negro, la imagen se abre al plano de una máquina de escribir que,
como si estuviese flotando en el vacío, gira sobre su propio eje sobre un fondo
totalmente negro. Esta imagen se encadena hacia un plano cenital de la máquina
que sigue girando y que ha aumentado de tamaña respecto al plano anterior,
mientras la voz over señala lo siguiente: “Aquella noche Martin tomó una de las
decisiones más importantes de su vida. Decidió no hacer más preguntas. Claire
le pedía un acto de fe y en lugar de presionarla, decidió cerrar los ojos y
saltar. No sabía qué le esperaba abajo, pero valía la pena arriesgarse. Y así
siguió cayendo, y una semana después, cuando creía que nada podía ir mal,
Claire salió a pasear”. Antes de que el narrador haya terminado su alocución,
la máquina de escribir —recordemos, mostrada a través de un plano cenital— ha
empezado a distanciarse lentamente, escenificando un salto hacia el fondo
oscuro, el vacío, en una inequívoca representación de ese acto de fe consumado
por Martin desde el momento que decide lanzarse al abismo sin tener conciencia
de lo que le esperaba abajo. A continuación, vemos a Martin en su mesa de
trabajo absorto en sus pensamientos, al tiempo que la cámara se aproxima
mediante un travelling de acercamiento hacia su semblante, hasta que se detiene
para remarcar la actitud contemplativa. Este travelling, que aparentemente no
pasa por ser un movimiento insustancial, consigue evocar dos imágenes
conceptuales. La primera de ellas, la más obvia, se fundamenta en la relación
entre el movimiento físico de la cámara que avanza hacia el rostro pensativo de
Martin, y el movimiento alegórico hacia el interior de su mente, es decir, el
travelling nos invitar a introducirnos en el subjetivismo del personaje. Y la
segunda procede del proceso de unión que se establece por medio del travelling
de los dos actos realizados por Martin, reflexión y observación. La cámara
avanza hacia un primer plano del personaje al mismo tiempo que éste se gira
para observar a través de la ventana, y lo que se inició como un acto pensativo
ha ido derivando en acto contemplativo, con el travelling como testigo de la
continuidad y de la contigüidad de ambos actos, como si la contemplación de
Claire a través de la ventana se concibiese desde la reflexión, es decir, desde
la subjetividad del personaje. A continuación, se nos muestra el contrapunto al
primer plano de Martin mirando por la ventana, un plano subjetivo que nos
presenta a Claire paseando por el jardín hasta que se desploma en el césped a
causa de un desmayo. El plano subjetivo se mantiene fijo en su posición
inicial, hasta que Martin entre en plano, en el campo de su mirada subjetiva.
Hemos pasado de un plano subjetivo a un plano objetivo sin que haya mediado
ningún elemento de transición puesto que la cámara no ha variado su
emplazamiento, con la evidente intención de vincular ese salto al vacío que
menciona el narrador, escenificado por la acción de Martin de rescatar a
Claire, con la incursión en el interior de su propia mente.
A partir del análisis de
las secuencias de los sueños, podemos extraer conclusiones que nos permitan
reafirmar la tesis planteada. Cuando Martin resucita a Claire, está
incumpliendo unas normas inviolables establecidas desde un cónclave invisible,
por lo que recibe el castigo de no poder volver a verla nada más que en sueños.
La escenificación de estas secuencias oníricas cuentan con la particularidad de
que son mostradas desde una modalidad doble en la mirada, ya que inicialmente
el plano nos ofrece la imagen de Martin dormido, en lo que es un claro ejemplo
de punto de vista externo, sin embargo el predominio de esta mirada externa se
tambalea cuando vemos aparecer en el plano a Claire, que se acerca a Martin
para abrazarlo. Nos encontramos pues ante un sueño que, en primera instancia es
captada externamente mediante una imagen del sujeto dormido, pero que con la
irrupción en escena de Claire la secuencia, sin ningún elemento de la
realización que marque una transición, se convierte en un pasaje onírico
acaecido en la mente de Martin. De algún modo, se trata de la representación en
un mismo plano de dos mundos, el objetivo —la imagen descriptiva de Martin
dormido— y el subjetivo —la presencia de Claire—, que escenifica la fusión de
ambas dimensiones.
Sobre este dilema,
Merleau-Ponty, en una conferencia pronunciada en marzo de 1945 declaraba que
“la vida interior se pone mejor de manifiesto cuando es tratada resueltamente
como una conducta y cuando aparece de cerca o de lejos, inserta en el mundo
mismo al que se refiere”[8]. Quizá por ello se da por sentado
que la sensación de vértigo alcanza mayor intensidad no simplemente con la
utilización de un plano subjetivo de la persona que padece ese vértigo, sino
mediante un plano objetivo en el que se pueda contemplar a ese personaje al
borde de un precipicio o colgado de una ventana.
Ya
que acabamos de hablar de vértigo[9], volvamos a retomar la
película de Alfred Hitchcock, donde en palabras de José Luis Castro de Paz[10] tiene lugar la plasmación
fílmica de la mirada delirante. Más allá de la equivalencia, ya mencionada en
líneas precedentes, basada en el mito de Orfeo, “Vértigo” y “La vida interior
de Martin Frost” avanzan en su ejecución formal por vías paralelas, llegando a
confluir en más de una ocasión en aquellos aspectos relacionados con las
miradas que ambos directores proyectan sobre sus películas. Hitchcock convierte
al protagonista de su filme, Scotie (James Stewart), en un Orfeo contemporáneo
que intenta recuperar la imagen de una mujer muerta (Madeleine) —o que él cree
muerta, pero en realidad se trata de la misma persona— a través de otra mujer
cuyo parecido físico despierta la obsesión del protagonista (Judy). El descenso
al Tártaro que emprende Scotie para recuperar su objeto de deseo, esa Imago
Fascinante que se materializa a través de su obsesión por recubrir a la mujer
de todos aquellos rasgos y atuendos que caracterizaban la imagen de la persona
que trata de rescatar de entre los muertos. Al igual que el Martin austeriano,
Scotie se lanza al vacío a la búsqueda de un ser que sólo habita en sus
recuerdos, esto es, en el interior de su mente, aunque más tarde descubriremos
que se trata de la misma mujer, la cual le ha tendido una trampa en
colaboración con su amantes. Los vínculos entre ambos largometrajes se
estrechan todavía más si atendemos a los títulos de crédito de “Vértigo”, obra
del genial Saul Bass, donde podemos vislumbrar unos trazos en forma de ojo que
giran sobre sí mismo a medida que su tamaño se va reduciendo, en clara
imitación del efecto de caída hacia un fondo oscuro que Paul Auster ponía en
práctica con la máquina de escribir. Resulta significativo comprobar cómo para
la ilustración de una caída al vacío, Alfred Hitchcock, cuya faceta artística
se circunscribe al cine, utiliza un ojo,
órgano ligado a la mirada y, en consecuencia, a la construcción fílmica, al
tiempo que Paul Auster, un novelista[11] que se ha acercado
puntualmente a la industria cinematográfica, se haya valido de una máquina de
escribir.
Más
adelante, cuando Scotie asume la misión de seguir a Madeleine volvemos a encontrarnos
con otro elemento que busca plasmar en imágenes el descenso al abismo del
protagonista masculino de “Vértigo”. La secuencia en cuestión tiene lugar
cuando Madeleine se arroja a la Bahía de San Francisco supuestamente para
suicidarse. Sin acercarse demasiado para no ser descubierto, Scotie, captado en
plano medio, observa a Madeleine, en plano subjetivo, paseando por el borde del
dique antes de saltar, hasta que, cuando finalmente lo hace, volvemos a la
imagen de Scotie que sale de plano para acudir al auxilio de la mujer, e
irrumpe en el mismo plano subjetivo que había captado, desde su punto de vista,
los movimientos de Madeleine. El personaje se introduce dentro de su propia
subjetividad, y al hacerlo la subjetividad se reemplaza por la objetividad
puesto que el plano que correspondía a la mirada de Scotie, debido al desplazamiento
de éste, ha dado paso a una mirada externa que ofrece su descenso al Tártaro.
La coincidencia se completa cuando se evidencia que ambos descensos, el de
Martin y el de Scotie, se desencadena para salir al auxilio de la mujer amada.
Hitchcock vuelve a reincidir en el mismo planteamiento cuando, avanzado el
relato, Scotie se encuentra por casualidad con Judy[12], la mujer cuyo parecido
físico con la fallecida Madeleine cautiva la mirada de Scotie que la sigue
hipnotizado por la calle. Durante el seguimiento, otra vez los planos
subjetivos vuelven a sufrir la intromisión en su espacio del sujeto que había
forzado la mirada subjetiva. Esta vez, el descenso al abismo es todavía más
pronunciado, puesto que Scotie emprende la búsqueda de una persona muerta que
él pretende hacer retornar al mundo de los vivos.
Al
fin y al cabo, tanto Paul Auster como Alfed Hitchcock procuran que el
subjetivismo de sus relatos no suprima por completo la mirada objetiva,
llevando a la práctica las palabras de Jean Mitry, cuando afirmaba que “la
introspección permite que nos estudiemos a nosotros mismos con la misma
objetividad que a los comportamientos del prójimo”[13].
La
secuencia que cierra “La vida interior de Martin Frost” suministra una última
vuelta de tuerca que hace retornar al personaje al estatus que había perdido
cuando decidió adentrarse en su subjetividad. La historia parece retroceder al
instante en el que Martin observaba por la ventana a Claire cuando cayó
enferma. Lleva la misma ropa y es el mismo plano que entonces, sólo que en esta
ocasión no hay contraplano subjetivo; lo que sí hay es una mirada a cámara de
Martin. Quiere recuperar su estadus de observador externo, de instancia
objetiva, como autor del relato que acabamos de presenciar. A fin de cuentas,
estamos ante un plano que marca el poder que el escritor ejerce sobre la
historia, lo que nos permite enlazar con el razonamiento que Donald Spoto hacía
sobre “Vértigo”, donde afirmaba que Alfred Hitchcock narra la historia de “un
hombre que desea no solo resolver un misterio y salvar a una mujer, sino
también ejercer el control que proviene del conocimiento”[14].
BIBLIOGRAFÍA:
AUSTER, Paul. A vida interior de Martin Frost. Vigo: Ed. Galaxia, 2007.
AUSTER, Paul. El libro de las ilusiones. Barcelona: Anagrama, 2009.
AUSTER, Paul. La trilogía de Nueva
York. Barcelona: Anagrama, 2009.
URBINA, Eduardo, “La imagen del
misterio: Paul Auster y el cine”, recogido en BECERRA, Carmen y LUNA, Carmen. Intermediaciones en el cine, la novela y el
teatro. Vigo: Editorial Academia del Hispanismo, 2009.
URBINA, Eduardo. La ficción que no cesa: Paul Auster y Cervantes. Vigo: Editorial
Academia del Hispanismo, 2007.
MITRY, Jean. Estética y psicología del cine. 2. Las formas. Madrid: SIGLO XXI,
2002.
CASTRO DE PAZ, José Luis. Vértigo, De entre los muertos: Estudio
crítico. Barcelona: Paidós, 1999.
SPOTO, Donald. Alfred Hitchcock. La cara oculta del genio. Barcelona: RBA, 2007.
[1] Urbina, Eduardo. La ficción que no cesa. Paul Auster y
Cervantes. Vigo: Editorial Academia el Hispanismo, 2007, pág. 61.
[2] Resulta significativo
comprobar cómo en el making off que contiene la edición en DVD de “La vida
interior de Martin Frost”, Paul Auster, durante un breve discurso pronunciado
ante el equipo de rodaje antes de empezar la filmación, manifiesta la esperanza
de que la producción que están a punto de emprender les depare la posibilidad
de vivir grandes experiencias para luego poder contarlas.
[3] Urbina, Eduardo. “La
imagen del misterio: Paul Auster y el cine”, en Becerra, Carmen y Luna, Carmen,
Intermediaciones. Las mediaciones en el
cine, la novela y el teatro. Vigo: Editorial Academia del Hispanismo, 2009,
pág. 73.
[4]
Auster, Paul. La trilogía de Nueva York.
Barcelona: Editorial Anagrama, 2009, pág. 238.
[5]
Auster, Paul. El libro de las ilusiones.
Barcelona: Editorial Anagrama, 2009, pág. 259-260.
[6]
Auster, Paul. Op.cit., pág. 260.
[7]
Auster, Paul. A vida interior de Martin
Frost. Vigo: Editorial Galaxia, 2007, pág. 13.
[8]
Citado en Mitry, Jean. Estética y
psicología del cine. Las formas. Madrid: Siglo XXI, 2002, pág. 73.
[9] Puede que no pase de ser
un dato anecdótico, pero Mr. Vértigo es
el título de una de las novelas de Paul Auster publicada en 1994.
[10]
Castro de Paz. Vértigo, De entre los
muertos: Estudio crítico. Barcelona: Paidós, 1999.
[11]
No olvidemos que el protagonista del largometraje, Martin Frost, es también un
escritor.
[12] Se trata de la misma
mujer, pero tanto el espectador como el protagonista creen estar ante otra
persona de físico idéntico.
[13] Jean Mitry. Op. Cit., pág. 73.
[14]
Spoto, Donald. Alfred Hitchcock. La cara
oculta de un genio. Barcelona: RBA, 2007, pág. 350.


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