Si hay una novela que nos identifique con Wenceslao Fernández Flórez, esa es, sin duda, El bosque animado (1943), aunque en su día esta fábula sobre el rural gallego resultó ser la que peor acogida tuvo entre sus lectores coetáneos. Sin embargo, para el que suscribe estas palabras, su obra literaria más hermosa es, sin duda Las siete columnas (1926). Jamás había leído un alegato tan lúcido y destructivo sobre el capitalismo que esta novela escrita unos años antes de que el universo financiero hiciera crack, en aquella época de abundancia conocida como "los felices años veinte" que con tanta maestría describió Scott Fitzgerald en El gran Gatsby.
En los próximos años las librerías se llenarán de novelas que relaten la crisis que vivimos en la actualidad, pero hace casi noventa años, el escritor coruñés aportó una dosis de clarividencia cuando la humanidad deambulaba por el mundo cegada por la abundancia. Basta una cita para darse una idea de los valores que habían cundido en la sociedad que Fernández Flórez tenía ante sus ojos.
"Miradlos: cada uno cree ser el centro del universo, el que ha de atraer más miradas al aparecer en la plana de un periódico. Cada uno supone que los demás están allí para que él se destaque. Fijaos cómo la soberbia les estira el cuello. Ved el empaque del sabio Noke y del famoso Side, y la jactancia del comandante Coedere, que se ha atusado los bigotes, y cómo las cejas del crítico Héctor Azil se han elevado en un gesto desdeñoso...¡Tropa de miserables!... La primera idea que encontréis en sus cráneos es que el mundo fue hecho para que ellos pudiesen lucir". (Las siete columnas. Madrid: Ed. Alonso, 1974, pág. 30). Lamento si alguien se ha sentido identificado en la descripción.
Las siete columnas comienza con una petición de unos seres humanos al Diablo: que retire de la faz de la Tierra los siete pecados capitales. Sorprendentemente, el Diablo accede, pero la consecuencia de esta decisión es desastrosa: la sociedad capitalista se derrumba, ya que ésta se sostiene sobre los siete pecados capitales, es decir, ellos son las siete columnas sobre las que se levanta el capitalismo.
Con el fin de la gula se ha sustituido el placer de la mesa por la necesidad de alimentarse, de resultas de lo cual los humanos han dejado de comer trufas, vinos, dulces, jamones, marisco, etc. El fin de la codicia supuso el fin del ahorro, y, en consecuencia, de las Cajas de Ahorros. Las barracas de tiro al blanco han dejado de ser rentables desde que no existe la ira y a los hombres no les entusiasma abatir con una escopeta figuras de metal y, en consecuencia, tampoco hay guerras. El monarca Juan IV ha abdicado, pero no encuentra a nadie quien le sustituya (ni políticos, ni familiares, ni aristócratas) porque ya no existe la soberbia. Sin lujuria la industria de la ropa y de las joyas se han desmoronado. Y sin avaricia, no hay gente dispuesta a invertir. Así hasta un largo etcétera.
Desde que leí esta novela, hace ya varios años, cuando muchos no habíamos oído hablar jamás de la prima de riesgo ni de las preferentes, no he dejado de recomendarla. El contexto económico actual otorga un valor añadido al relato, por eso insisto en recomendar su lectura.


Me ha gustado mucho la reseña. He incluido el enlace como referencia al libro "Las siete columnas" en un comentario en Linkedin. Gracias, Héctor Paz. Un saludo. Gloria.
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